José Luis Labat / Periodista

Patentes de libertad

José Luis Labat

Ahora que todo es transversal y poliédrico, por no hablar de sostenible y comprometido con el medio ambiente, parece que se olvida, sin algún atisbo de rubor, que hay conceptos que devienen certezas, y que conviene no jugar con ellas, so riesgo de caer en la más burda manipulación y abrir la espita del relativismo.

Algo así está ocurriendo con el concepto libertad. Tal vez me repita en el diagnóstico, señalado en esta misma columna, de la confusión en la que nos hallamos inmersos en el ámbito cultural que nos toca vivir en estos inicios de siglo.

Confusión que no es solamente un indicador de impronta sino, fundamentalmente diría yo, una estrategia concebida para dinamitar los cimientos de la cultura que nos ha conformado y los valores que de ella han emanado a lo largo de la historia.

Entre ellos, el de la libertad, uno de los más específicos y significativos, también significante, de nuestro acervo cultural. Libertad como condición humana, don y tarea, también como conquista, cuando se cercena su derecho y se convierte en precisa la lucha o el compromiso por recuperarla.

Nuestra sociedad española, que ha concebido loables esfuerzos por y para la libertad, no es ajena, hoy por hoy, a este virus que inocula el olvido lamentable de lo que las cosas son y de lo que significan, y el respeto que por ello merecen.

Así, con la idea o con el concepto de libertad, podemos atisbar en el gran teatro de esta sociedad, determinadas marcas o patentes que, lejos de ayudar a conformar un territorio amplio compartido por el tejido social, literalmente buscan potenciar el discurso único y excluyente, llevándose por delante gran parte de lo que nos ha traído hasta aquí.

La conciencia crítica, y su ejercicio permanente, constituyen el recurso necesario, y por ende insustituible, para medir el talante o el tono de una sociedad en relación a los valores que conforman su proyecto. No debiéramos olvidarlo.

Y en nombre de la libertad no es de recibo, por ejemplo, una información sesgada, manipulada, que falta al respeto tanto a las personas como a la verdad, o a su noble búsqueda. En nombre de la libertad no se puede aceptar el escrache a posiciones legítimas, defendidas desde cauces democráticos, ni amedrentar con discursos falaces con los que se intenta sembrar el miedo.

Ni por supuesto acudir a lugares comunes, como el del falso corporativismo, con el que algunos se niegan a mirar la realidad, para verla única y exclusivamente desde un prisma interesado. Diera la sensación que algunos tuvieran patentes de libertad para hacer y decir lo que les viene en gana. Y como que se hubieran acostumbrado a ello. Pero esas patentes pudieran comenzar a vislumbrar fecha de caducidad.

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