Javier Barreiro / Escritor

“El guardián entre el centeno” y Félix Romeo

Javier Barreiro

“El guardián entre el centeno” es, probablemente, una de las obras que más han influido en la literatura occidental en los últimos sesenta años. Y no sólo en la literatura sino en abundantes comportamientos sociales. Su prestigio siempre ha sido inmenso y el peso de la obra convirtió a su autor, Jerome D. Salinger (1919-2010), en un hombre extravagante que se escondió del mundo y sembró pistas falsas sobre sí mismo con el fin de que lo dejaran tranquilo. De él sólo existe alguna fotografía robada, exceptuando las de su juventud.

Leí esta obra a los 21 años, en la traducción argentina de Méndez de Andes, y me gustó mucho pero no la consideré una obra maestra. Para mi juventud rebelde, dichas obras habían de ser, más que originales y renovadoras, rupturistas, que abrieran caminos nuevos, como “Rayuela” de Cortázar. He vuelto a leer ahora “El guardián ante el centeno” y, ya sí, me parece una obra maestra teniendo en cuenta el año (1951) en que fue escrita. Su verdad, su frescura, su espontaneidad tan trabajada hacen de la lectura un festín de amenidad, de sonrisa connivente, de comprensión de ese mundo que su protagonista, el adolescente Holden Caulfield, no tolera. Admiramos lo fácilmente que describe a las personas, tanto a quienes quiere como a quienes no soporta, su torpeza autosuficiente, sus desmesurados odios, su no admitir la falsedad… Como recordarán los muchos que la han leído –es una de las típicas lecturas del Bachillerato- el protagonista, hijo de una familia acomodada, es expulsado del prestigioso colegio-residencia en que estudiaba y, con algún dinero en los bolsillos, hormiguea durante tres días y tres noches por un Nueva York en el que se encuentra y desencuentra con todo tipo de gentes. Relaciones en las que queda palmaria su irritabilidad, su confusión, su sensibilidad, su malestar, su autenticidad… Frente a todo eso, el conmovedor ejemplo de Phoebe, su hermana de diez años, que es su modelo de vida, por quien haría –y hace- cualquier cosa, incluso renunciar a sí mismo. En suma, una niña –que podría ser el típico personaje cursi y sensiblero de tantas ficciones- y que resulta maravillosa como él.

Por supuesto que, como en toda obra literaria, lo esencial y lo que la convierte en auténtico arte es el lenguaje. La traducción canónica al español de Carmen Criado, yo diría que es muy buena, aunque atenúa algunos de los aspectos relacionados con la sexualidad que fueron rupturistas en los Estados Unidos de 1951 y ya no lo eran en la España de 1978, pero la cosa no tiene demasiada importancia. La obra se lee en español perfectamente tanto en la primera traducción argentina que salió en 1961 con el título de “El cazador oculto”, como en la española. Ha habido muchas discusiones sobre la propiedad de ambos títulos respecto al original, “The Catcher in the Rye”, tomado de un poema de Robert Burns, pero el que Salinger autorizó fue el que propuso Carmen Criado.

Pero, aparte de este feliz reencuentro con un libro, que también ha sido a la vez el más leído y el más prohibido en la enseñanza secundaria de los Estados Unidos, al leerlo por segunda vez, la lengua traducida de Holden Caulfield me recordaba constantemente la de Félix Romeo, referente de una generación de escritores aragoneses, fallecido hace ocho años, cuando él contaba con 43. Lo conocí en 1987 cuando, tras dar una conferencia en la Sala Luzán de la CAI en el Paseo de la Independencia sobre “La literatura y sus márgenes”, me abordó a la salida para ofrecerme algún dato. Tenía tan sólo 19 años y estudiaba Filosofía, que pronto abandonó. Enseguida me enteré de que había sido alumno de Ramón Acín y de mi hermano Luis. Nos veíamos en el fútbol y, pronto, comenzamos a coincidir para hablar de nuestras pasiones. Incluso, dormí alguna vez en su piso madrileño del Edificio España, entre torretas de libros, nuestro medio natural. La última vez que nos vimos fue en el AVE hacia Madrid y me preguntó por los libros que tenía en capilla. En este caso era la edición de los “Cuentos gnómicos” de Tomás Borrás, que preparé con los queridos Petón y Pardeza. Siempre quería saberlo todo; él, en cambio, se escabullía cuando le preguntabas por sus trabajos. Era un ansioso de la sabiduría e información y, cuando no conocía algo, se apresuraba a solventarlo con avidez irremediable. La noticia de su muerte la recibí en Montevideo, donde me hallaba con el amigo y periodista Antonio Ibáñez. Fue la primera información de una mañana lluviosa y oscura. Pese a esta relación, nunca me han llamado para colaborar en los homenajes que le han ido realizado sus corifeos. Tanto aprendieron de él, que quisieron patrimonizarlo.

Por eso, la voz de Holden Caulfield en “El guardián entre el centeno”, que Félix, consciente o inconscientemente, heredó, ha removido mi memoria. No recuerdo haber hablado con él de esta tan famosa novela pero, no me cabe la menor duda de que estuvo entre sus vivencias personales más intensas.

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