«Mientras dure la guerra»: Cogido entre dos fuegos

Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón

Estos versos de Antonio Machado, que popularizó Joan Manuel Serrat en una canción de su LP dedicado al genial poeta sevillano, expresan a la perfección el espíritu fratricida y cainita que caracteriza a los españoles. Escritos en 1912, casi 25 años antes de que ese antagonismo latente en la vida política y en la sociedad civil deviniera en un enfrentamiento cruel entre familiares y amigos, en una guerra civil entre hermanos alimentada por el odio y el fanatismo, las palabras del poeta reflejan lo que ha sido una preocupación constante de las mentes más lúcidas de nuestro más reciente pensamiento cultural: la incapacidad de los españoles de abandonar posturas extremas e intentar comprender las ideas de quien no piensa como nosotros, de olvidar lo que nos divide y buscar una vía de conciliación. Y la cosa viene de largo, ya que una de las pinturas negras de Goya, el “Duelo a garrotazos“, ilustra a las claras la imposibilidad de solucionar nuestras diferencias de otra forma que no sea el uso de la violencia.

A esta cuestión no era ajeno Don Miguel de Unamuno, uno de los representantes de esa generación del 98 a la que también pertenecía Machado. Desde su púlpito de opinión predicó y abogó siempre por un régimen político que reconociera los derechos y libertades fundamentales, limpio de corrupción, moderno y progresista. Convencido republicano, cuando estalla la guerra civil Unamuno (Karra Elejalde) es Rector Vitalicio de la Universidad de Salamanca, una de las primeras ciudades en ponerse del lado de los sublevados aquel 18 de julio de 1936. Pero Don Miguel, que se había mostrado crítico con la deriva que llevaba en los últimos tiempos la Segunda República, no sólo renuncia a condenar el golpe de estado, sino que se muestra partidario de una ocupación “temporal” del poder por parte de los militares para que pongan “en orden” el régimen republicano. Pero a medida que transcurren los primeros meses de confrontación entre los golpistas y el gobierno la realidad se impone. En la Junta de Defensa formada por los militares sublevados se erige la figura del general Franco (Santi Prego) que, poco a poco va asumiendo más poder sin que tenga intención de restaurar el mismo al gobierno de la República. Uno de los más fieles colaboradores de Franco es su amigo, el general Millán Astray (Eduard Fernández), fundador de la Legión, conocido por sus exabruptos y su fanatismo. Unamuno irá tomando conciencia de las implicaciones del golpe de estado cuando ve como amigos y colaboradores sufren en sus carnes el comienzo de una dictadura que se prolongaría durante casi 40 años. Ese alejamiento del autor de “Niebla” de las tesis de los militares golpistas se ve jalonada por encontronazos con Franco y el propio Millán Astray, y tiene como punto culminante el enfrentamiento entre este último y Unamuno en un acto celebrado el 12 de octubre con motivo de lo que durante el régimen franquista vino en llamarse “Día de la Raza”.

En este contexto Amenábar y Alejandro Hernández, guionista de películas como “Caníbal” o “El autor”, han escrito un libreto en el que las dos historias, la toma de poder por parte de Franco, en la que destaca el papel conspirador de su hermano Nicolás (Luis Bermejo), y las dudas y el paulatino arrepentimiento que experimenta Unamuno, van avanzando en paralelo hasta esa pugna dialéctica de la que salió victorioso este último, tanto ética como moralmente. Apoyándose en este guión Amenábar conduce con maestría al espectador para que transite expectante por unos hechos, los que acontecieron en los primeros meses del levantamiento militar, que no han sido tratados habitualmente en nuestro cine. Lo más interesante de “Mientras dure la guerra” no es, contrariamente a lo que pueda parecer, esa resolución final, ese clímax alcanzado por el enfrentamiento en la Universidad. Desde luego que es un momento que rezuma pasión por la defensa unamuniana del valor de las ideas, del pensamiento, frente a la contundencia de los hechos, pero bien pensado no es poco más que un McGuffin, una excusa argumental, un elemento de suspense que hace que los personajes avancen en la trama. El director de “Tesis”, “Abre los ojos” o “Los otros” recupera ese buen hacer del que hizo gala en estos films, y utilizando una planificación deudora de las tramas de suspense de los mismos “engancha” al espectador para contarle una historia de redención personal y una conspiración política que confluirán en un momento determinado.

Para lograr esto cuenta con tres, quizás cuatro, elementos fundamentales, además de los ya descritos. El primero un reparto excepcional en el que, además de las figuras más relevantes por su protagonismo, Karra Elejalde y Eduard Fernández (Nominación a los Goya ¡Ya!), destacan una serie de intérpretes como los ya citados Santi Prego o Luis Bermejo, a los que habría que añadir a Luis Callejo y Luis Zahera, los “Tres Luises” (en expresión afortunada de @hilodeseda), pero también Carlos Serrano-Clark, Nathalie Poza, Tito Valverde, etc. Todos ellos contribuyen a hacer creíble una recreación histórica brillante, en lo que constituye el segundo elemento en el que se apoya Amenábar. Los personajes a los que dan vida ese elenco ocupan unos decorados y visten unos ropajes que caracterizan tanto a aquellos de los que tenemos más información, los dos protagonistas, como al resto, en lo que supone un trabajo de ambientación muy eficaz.

El tercer aspecto que hace de “Mientras dure la guerra” un film modélico en su tratamiento de un tema tan espinoso y arduo como el de la Guerra Civil es su montaje, que no es utilizado para adoptar una postura política y personal de su director, que la tiene, como todo el mundo, sino para contar una historia que interese al espectador, que le haga involucrarse en todo momento en el desarrollo de unos hechos y que consiga emocionarle con escenas como las de Unamuno con la viuda del alcalde de Salamanca o con la carta de la mujer de su amigo Atilano, que guardan mucha relación con aquella otra en la que Oscar Schindler (Liam Neeson) se echaba a llorar pensando que podía haber salvado más judíos de la muerte.

La música compuesta por el propio Amenábar, equilibrada, sin sobresaltos ni efectos, constituye ese cuarto mecanismo del que se vale el director para terminar de definir una película que en su título encierra esa incapacidad histórica de los españoles para solucionar los problemas pacíficamente a la que hacía referencia al principio. El ejemplo de algunos momentos de nuestra historia más reciente, en los que por la vía del diálogo y de las mutuas concesiones se han resuelto graves problemas, es el que ha de primar, y no el recurso a la guerra y la violencia, que es el medio irracional de resolver conflictos, el que nos aleja de nuestra condición de seres humanos.

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LO MEJOR: La capacidad de Amenábar de emocionarnos con las contradicciones de un personaje huraño al que humaniza por supuesto un inmenso Karra Elejalde; la escena en la que discuten Unamuno y su discípulo y amigo Salvador como metáfora de lo que podría ser un diálogo conciliador entre las dos Españas.

LO PEOR: Algunos personajes, como el de Nathalie Poza, podrían haber tenido un desarrollo más completo en el guión.

VALORACIÓN:

Fotografía: 8

Banda Sonora: 7

Interpretaciones: 9

Dirección: 8

Guión: 7

Satisfacción: 9

NOTA FINAL: 7

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