Vicente Franco Gil / Licenciado en Derecho

Inquietante, preocupante, pero no sorprendente

Vicente Franco Gil

Hablando de revoluciones, que en la historia han sido copiosas, es hora de comenzar la del Respeto y la Dignidad con mayúsculas. La ideología progre y tendenciosa, obra del coyuntural bucle político que asola a las Administraciones del Estado español, hunde sus (des)propósitos en la tiranía de los falsos derechos. La seducción del buenismo apologético ha traído al Congreso de los Diputados el debate sobre la eutanasia, una vuelta de tuerca más para eliminar al ser humano en vez del dolor.

Quienes llegan a considerarse “cargas” por cualquier motivo, y no solo por enfermedad, no es de extrañar que quieran morirse. Este es un ámbito social donde se debe trabajar con seriedad. Apelar al suicidio para combatir el sufrimiento, el que sea, ha sido el eje axial sobre el que ha girado la justificación de matar por compasión a quienes, a petición propia, lo soliciten. Pero tras esta difusa y dúctil tesis pueden encubrirse otros intereses de corte económico, dado que, a la sazón, los cuidados paliativos resultan más onerosos.

Se legisla sobre unos supuestos concretos, con garantías definidas y con un control exhaustivo de los casos. Pero de sobra es conocido que, cuando una norma entra a formar parte del ordenamiento jurídico, las interpretaciones futuras son pródigas y las modificaciones ulteriores son inevitables, en detrimento del, llamémosle, usuario.

El dolor es un concepto subjetivo, pues no tiene por qué derivar únicamente de un mal físico, psíquico o sensorial. Sufren los padres que han perdido a un hijo a edad temprana, sufre quien se arruina a pesar de luchar toda su vida por alcanzar un bienestar razonable, padece quien no le encuentra sentido a la vida o no llega a fin de mes. Nos eternizaríamos en una lista prolija y luctuosa donde la “deseada muerte dulce” sería la solución de ese progreso globalizado con el que pretenden alienarnos.

El fondo de la eutanasia radica en preguntas concretas: ¿Cuánto vale la vida humana? ¿Quién se arroga la aptitud de decidir cuándo se es útil o no? ¿En qué parámetros se ampara la dignidad de los seres humanos, y quiénes la cuantifican? Si las leyes pretenden transformar a las sociedades implantando la cultura de la muerte (que no es un derecho constitucional) por la cultura de la vida (que sí lo es), me temo que el bien común y el progreso auténtico que aboga por mejorar la calidad de vida, se verán fragmentados por la obstinación parlamentaria, por el afán desmedido de poder, por el control demográfico a la baja y por la codiciosa arrogancia del idolatrado vil metal.

Disponer de la propia vida pertenece a la esfera privada de cada cual, pero eso sí, no a costa de terceros. Considerar el suicidio asistido como un derecho surgido de una chistera filantrópica, para ser sufragado por el dadivoso erario público, es una empresa inquietante y preocupante, pero que incongruentemente no sorprende. De forma análoga comenzó el aborto. Primero en casos muy concretos, y con un precedido rigor profesional bien delimitado. Actualmente el aborto es libre y se practica a la carta. Esto indica que en ese dinamismo social enloquecido la innovación normativa degenera, recayendo esa ruina degenerativa sobre los más débiles e indefensos.

La eutanasia es un insulto a la inteligencia y al sentido común, una sinrazón más de la debacle social. El ser humano no es un elemento manufacturado con un manual de instrucciones procedente de una fábrica. Unas palabras del Papa Emérito Benedicto XVI, quizá nos puedan ayudar a reflexionar ante este delicado asunto: “No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno de nosotros es amado, cada uno de nosotros es necesario”.

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