La luz oscura de la fe

Retorna a los escenarios zaragozanos un artista excepcional, capaz de hacer reír y provocar la reflexión, todo ello aunado con en enaltecimiento de la poesía.

La magia de Rafael Álvarez, el Brujo, consiste en su habilidad para transformar las historias ordinarias en extraordinarias. En el Teatro de las Esquinas se ha podido disfrutar durante el pasado fin de semana de su espectáculo ‘La luz oscura de la fe’, una producción en la que se combina de forma armoniosa la historia íntima de san Juan de la Cruz, una de las cumbres de la poesía mística española, con la cotidianidad del momento.

El Brujo ensambla de tal manera los episodios de la vida del santo con su creación poética, que todo se funde en la unidad de sentido que el actor pretende. Su descripción de situaciones, su análisis de personaje, el desmenuzamiento del lenguaje (la elucubración sobre la ‘priesa’ y la ‘prisa’, por ejemplo), los vínculos literarios con ‘El Quijote’, los tiros por elevación respecto a los comentarios sociales, las afinidades con el momento presente, las referencias críticas, cuando no cáusticas, a la actualidad política, y, de forma relevante, la combinación con la música original compuesta e interpretada por Javier Alejano, hacen de la obra un espectáculo único, sorprendente, incluso para aquellos que hemos seguido la trayectoria del actor a lo largo de los años. Su habilidad para actualizar el pasado involucra a los espectadores, que sienten en su proximidad circular situaciones y personajes alejados por la historia.

Un monólogo de estas características, que supera la hora y media de duración, tiene evidentemente algunos tropiezos, pero la capacidad de improvisación del actor salva cualquier escollo y le hace retomar el hilo a pesar de los imprevistos, por ejemplo el estallido de una bombilla de la iluminación del escenario, como ocurrió en la presentación del espectáculo el pasado viernes, día 6. Asimilar este pequeño accidente a la obra y anunciar que lo incluirá en sucesivas funciones, es un dato de su capacidad para ensamblar lo previsto y lo imprevisto.

Y algo muy importante en todo momento, y particularmente en los actuales donde la crispación crece en casi todos los órdenes, es su sentido de la comicidad elegante, nunca grosera, que envuelve cualquiera de sus actuaciones.

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