Antonio Coscollar / Maestro de escuela

¿Niños envejecidos?

Antonio Coscollar

Cada día son más quienes lo advierten. Ya sea por las redes sociales, la radio, la prensa o la televisión, se habla y se escribe más que nunca, pero se escucha menos. Dijo Balzac: “Atiende siempre al que te hable; en el trato social nada hay tan productivo como la limosna de la atención”, pero el número de los que lo hacen mengua. Se nota, en la escuela, la disminución del periodo de atención y concentración en las tareas y, además, las incorrecciones escritas y habladas aumentan sin cesar.

Se dice que el juego, como vehículo de aprendizaje, es necesario y debe fomentarse, pero no se dice que, además, el aprendizaje tiene que ver con el esfuerzo y la disciplina que deben cultivarse en la soledad del estudio.

En una entrevista relacionada con su vida y su trabajo, Einstein respondió con ironía a un periodista (lego en física) que “una hora en compañía de una persona inteligente le parece un minuto, pero un minuto hablando con alguien ignorante parece una hora: he ahí el secreto de la relatividad”, concluyó. Se levantó y se fue.

Salvador Dalí, que era más raro que un pez volador (hay peces voladores, es cierto, pero son los menos), presumía de aceptar una entrevista si quien la pedía demostraba conocer el número áureo, la divina proporción, ese número que recibe el nombre de Phi en honor a Fidias, el más grande escultor de la Grecia clásica. Se trata de un número que aparece desde el Partenón a las tarjetas de crédito: dado un rectángulo (o dos segmentos), el cociente entre el lado mayor y el menor debe ser igual al cociente entre la suma de ambos y el mayor. El valor de ese cociente es Phi, una constante que ninguna fracción puede representar con exactitud: (1+ √ 5 ) / 2.

En la escuela de mi infancia los maestros hablaban y los niños se limitaban a callar, responder a las preguntas, repetir y obedecer. La disciplina a menudo ahogaba la espontaneidad.

Gabriel García Márquez ha sido en su campo, como Einstein en el suyo, un genio. Einstein, niño solitario y taciturno, de adulto puso empeño en amargar la vida de su esposa Maleva Maric, aunque a ella le debiera los conocimientos matemáticos que a él le faltaban. No es que el físico no supiera muchas matemáticas sino que, al contrario que su esposa, no las suficientes. Einstein reconocía en privado que debía compartir el Premio Nobel con Maleva y se lo agradeció con el silencio, el menosprecio y el divorcio.

No conozco cuánto debía García Márquez a su esposa por su Nobel de Literatura, pero supongo que mucho. No olvido sus palabras: “Escribo para que me quieran”. Según García Márquez, en nuestra carrera por llegar a adultos olvidamos nuestra infancia. La vida se nos presenta como una carrera de obstáculos y para afrontar tantas incertidumbres, sinsabores y pesares, colgamos del cuello de los niños la llave de casa (sea de forma real o simbólica) y con el paso de los años los convertimos en niños inflados.

Demasiados niños se sienten hoy solos, abandonados. También ellos, como ha dicho García Márquez, necesitan aprender para que los quieran. Con el paso de los años, la razón se hará inevitablemente adulta y envejecerá, pero ¡ay de aquel cuyo corazón no permanezca siempre niño!

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