Mª Luisa Rubio Orús / Profesional de la Educación, escritora y pintora

Sos Nature

M.ª Luisa Rubio Orús

Ni ya existe la vergüenza. Se ha peor que dañado uno de los últimos corazones salvadores del mundo. La Amazonía, llorando sangre, promueve una ayuda ante lo que no debería suponer una defensa. Ya que el Patrimonio de la Naturaleza es un regalo divino, Dios al cual no le importa de dónde se sea ni a qué raza se pertenezca.

La llamada Humanidad, en su mayoría, está dejando pasar oportunidades de oro para preservar su especie. Al Ser Supremo le da igual que se crea en Él: sufre siempre al sentir la destrucción de la Tierra y/o entre la gente. Más que nunca, el todo vale y a cualquier precio, caiga quien caiga: solo cuenta el momento de un instante en la calderilla del minutero. ¡Craso error! Quien daña al prójimo se lo está haciendo a sí mismo.

Una intensidad de emociones me proclama una impotencia personal, incluso de grupo, que va más allá de la muerte. Sin aguardar nada más. ¿Pero qué es esta barbarie que ni nombre tiene?

Plantando la bandera del ya valdrá que ya basta desde ahora mismo, me declaro en un imparable llanto sin consuelo.

Demasiada propaganda y posturas de foto. Mas no todo el mundo cuida de veras el Medio Ambiente, esta casa común, este hogar del cuerpo en alma, biodiversidad que no supone sino la herencia del sublime cielo que padece tanto como la bondad de los hombres y mujeres que todavía quedan con esa característica que cada vez se va ausentando más.

¡Oh, miseria de espíritu maldita, que te estás haciendo con la multitud y ganando terreno! Vengan las lluvias del Amor y apaguen una sed de venganza que no sé de dónde te ha nacido, una dejadez inaudita que aplauden tus secuaces.

La Naturaleza, gran maestra, todo lo enseña. Cualquier ser vivo tiene el derecho de ser y estar a su modo, máxime cuando esto proporciona luz en la vida del resto.

Extremo pecado el de la deforestación, y más si es provocada. Primero, el ir matando entre el fuego plantas y, a veces, hermanos. Actualmente el pulmón del mundo retuerce su dolor bajo la tremenda injusticia del yugo de la titulada civilización. No tengo palabras para este tal desastre ecológico. Ni siquiera todas las oraciones rezadoras pueden hacer algo.

Población mundial, indígena y no: o nos protegemos de la maldad sin excepción o no hace falta que diga lo que nos espera. Luchando por la vida cada uno como pueda, tenemos la obligación de paralizar cualquier acto de poder en el planeta que sacrifique nuestra continuidad en él.

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