«El peral salvaje»: El viaje a la esencia del ser humano

La vida y los seres humanos formamos un cosmos casi ininteligible. Comportamientos, devenires, traumas…y en general sensaciones, irracionales o no, que hacen de nosotros un ente global con nuestras carencias y virtudes. Una personalidad forjada a golpe de traspié, satisfacción y aprendizaje que se fortalece gracias a aspectos genéticos pero también didácticos. La vida enseña a cada paso. Fortalece y merma a partes iguales. Desgasta lo físico para como compensación dotar de mayor capacidad de análisis gracias al ‘prueba-error’. Lo que sentimos como dogma parece desmoronarse con el tiempo y lo que juzga baladí emerge con fuerza del inframundo para comportarse como elemento básico e indispensable. La vida, ese viaje, esa inspiración mundana que nos obliga a tratar de ser mejor persona y hacer que la vida de los que nos rodean sea mucho mejor con nosotros.

Y de eso mismo trata ‘El peral salvaje’. De cómo la familia, la formación, las parejas y las amistades fraguan a la persona y hacen de la vida un camino lleno de situaciones reales o imaginarias, de conversaciones entorno a temáticas más o menos profundas y de, en el fondo, los caprichos del destino y la forja de la persona.

Bajo la atenta mirada de la cámara del director turco –y también fotógrafo– ya considerado de culto Nuri Bilge Ceylan (ganador de la palma de oro por su anterior y también de construcción vital ‘Winter Sleep’), la película resulta un juego de supervivencia como espectador. Por la exigencia que esta requiere al mismos dado su metraje, temática e incluso estilo formal.

Lo que a priori parece ser una tragicomedia en sus primeros minutos gracias a la conversación del joven Sinan con el alcalde del pueblo en busca de financiación para su libro, o por el comportamiento rozando el absurdo de su padre Idris, veremos como la película realmente se torna en un retrato dramático alrededor de la psicología de la personalidad, un estudio semi antropológico de una pequeña población rural turca –como le gusta a su director–donde todo sucede y donde sin embargo parece que el tiempo no transcurre.

Ceylan argumenta su historia a través de Sinan, un joven turco que regresa a su pequeña población de residencia paterna/materna tras prácticamente licenciarse en su carrera docente pero quien, sin embargo, tiene una ilusión más allá de su vida como profesor: conseguir publicar un particular libro que narra las experiencias y realidades localistas a través de los diálogos y vivencias de los aldeanos. La búsqueda de la financiación marca el devenir del personaje quién, en una constante evolución, irá mostrando sus miedos, sus conflictos presentes o pasados, sus relaciones de amistad o sus opiniones sobre temas tan sobrios como la política de Erdogan, la religión o la adicción a las apuestas.

La película está escrita a seis manos entre el propio director, su esposa y actriz Ebru Ceylan y Akin Aksu, siendo este último el que ha empapado a la película de vivencias propias y que son llevadas al primer plano por Sinan, el protagonista interpretado por el cómico Dogu Demirkol.

El peral salvaje’ destaca en grandes y bellos planos que sin embargo reflejan miseria y entornos muy alejados de la abundancia, en los que se denotan las habilidades en dicho campo del notable realizador; aunque si destaca por algo es por la naturalidad con la que se introducen conversaciones verborreicas a lo largo de la trama, haciendo de varios de esos momentos los mejores del film: desde un delicioso encuentro con el amor imposible del pasado –con una bella dosis de realismo casi mágico–, o un absolutamente interesante debate entorno a la religión y sus miserias/bondades con un par de imanes de la localidad, y sin olvidar el acalorado debate con un escritor de renombre entorno a la importancia de venderse al público por un fin económico en lugar de defender unas ideas y un estilo literario propio. Todas estas conversaciones sirven para entender a un personaje que no pelea por caer simpático ni mucho menos (casi diríamos lo contrario) sino para comprender lo alejado que se encuentra de una sociedad –la turca– demasiado arrinconada en tabúes y costumbres, y aparentemente anclada en el tiempo. Nuri Bilge Ceylan se complace en mostrar esa parte de la Turquía interior o del Este, como en varias ocasiones menciona el protagonista, muy diferente de la Turquí comercial y turística de Estambul, de la laguna azul de Ölüdeniz o del Pamukkale de Denizli. Un film que muestra como dos perales salvajes, dos raras avis, están casi obligados a entenderse a pesar de la diferencia generacional.

Durante su visionado pensaba en más de una ocasión lo complejo de su rodaje y de su montaje, pero sobre todo del rodaje de ciertas secuencias. Unos complejos planos secuencia con largos diálogos y bellos planos –giratorios en muchos casos- que no hacen sino reflejar lo artesanal y diferenciador de su estilo.

Sí diré antes de despedirme que la película no puede ser recomendada al público generalista. ‘El peral salvaje’ debe ser únicamente confiado a aquellos expertos en cine europeo que degusten de planos lentos, debates y diálogos calmados y reposados o –también– de moralejas poéticas. Todo ello fundamentalmente por su temática pero también por su –ya clásico en su cine– extenso metraje (188 minutos).

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LO MEJOR: Sus diálogos. La facilidad para hacer magia de lo mundano.

LO PEOR: Su duración puede ser un gran enemigo.

VALORACIÓN:

Banda sonora: 6,5

Fotografía: 8

Interpretaciones: 6,5

Dirección: 8

Guión: 7

Satisfacción: 7

NOTA FINAL: 7,16

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