Plantas de fresa para medir la calidad del aire de Zaragoza

Las hojas pilosas del fresal se impregnan con mayor facilidad de las partículas suspendidas en el aire

El grado de contaminación urbana se encuentra en el centro del debate social. Europa impone las directrices del Horizonte H2030 a ciudades, capitales y países de todo el mundo para que reduzcan sus niveles tóxicos, con el objetivo de disminuir el impacto negativo en la salud geoambiental. En este escenario, algunas ciudades comprometidas desarrollan no solo sus propios mecanismos para medir sus parámetros de contaminación sino que involucran en todo el proceso científico a la ciudadanía. Es el caso de Zaragoza, donde Fudación Ibercivis ha lazado una curiosa iniciativa para crear un mapa de calidad del aire de la ciudad.

Generalmente, para el control de dichos parámetros de contaminación, se emplean equipos profesionales altamente precisos. Ellos son los encargados de recoger cientos de datos ambientales que después serán analizados por expertos. Sin embargo, dada la imposibilidad de que una ciudad cuente con múltiples estaciones medioambientales, nació el proyecto “Vigilantes del Cierzo”, con el que miles de plantas de fresal se convertirían en perfectos elementos biométricos para medir la cantidad de metales pesados en suspensión y, por tanto, la calidad del aire de Zaragoza.

El proyecto, de fondos europeos, es una réplica del realizado hace un tiempo en la ciudad belga de Amberes. En realidad, en Zaragoza ya se llevó a cabo una primera fase en 2017, pero, ahora, en 2019, gracias a la colaboración del Gobierno de Aragón, se ha iniciado esta segunda vuelta en la que han llegado a participar más de 1.500 personas. Todas ellas recibieron durante el Día de Aragón una maceta de fresal, como premio a la yincana infantil celebrada el pasado 23 de abril en la sede del Gobierno autonómico. Macetas, por cierto, adquiridas a través de Hortals, la red de huertos ecológicos, sociales y urbanos de la ciudad.

Con la planta ya en su poder, cada persona o familia habría de seguir una instrucción muy concreta: colocar su correspondiente planta en el alféizar de alguna de las ventanas o terrazas de sus casas durante unos meses. Después, deberían recortar unas cuantas muestras y enviarlas en un sobre a la sede de la Fundación. Esta, sería la encargada de enviarlas al laboratorio que las analizaría para dar un resultado que llegará de aquí a finales de año.

El 23 de abril se repartieron 1.500 macetas a la ciudadanía para que participara en el proyecto

Las plantas de la fresa, el experimento

Según refleja el informe técnico de Ibercivis, el fresal es una planta con gran capacidad de adaptación a este tipo de experimentos, ya que sus hojas se impregnan con facilidad de las partículas esparcidas por el aire, emitidas por la combustión de coches o la propia contaminación urbana. Además de que su tallo alcanza los 20 centímetros de altura, una característica especial de sus hojas pilosas es que están compuestas de numerosos pelitos en los que se adhieren mejor los contaminantes. La monitorización de la contaminación ambiental a través de bioindicadores lleva décadas aplicándose, ya que especies como las plantas presentan una sensibilidad especial a los contaminantes aéreos.

A falta de los resultados de 2019, en 2017 ya se planteó un primer análisis de la cantidad de contaminantes de cada muestra mediante esa monitorización biomagnética, con el objetivo de investigar la carga concentrada en el aire de la llamada “particulate matter” (PM). Estas son aquellas partículas aéreas de menos de 10 micrones. Para su estudio, se empleó la técnica SIRM –por sus siglas en inglés- que es la apropiada para realizar la métrica de la magnetización remanente o residual restante tras haber aplicado un campo magnético intenso a un material. De esta manera, se establece una relación entre dicho magnetismo y la cantidad de metales ferromagnéticos presentes en la hoja. Así, la distribución de las macetas por toda la ciudad posibilita el mapeo del aire por zonas urbana tras analizar cada muestra.

La técnica permitió detectar hace dos años la existencia de partículas ferromagnéticas en las hojas, provenientes de fuentes diversas de contaminación medioambiental. Entre ellas, el tráfico rodado, las obras públicas, el humo de la industria o la propia fricción de los convoyes del tranvía con los raíles sobre los que circula. Finalmente, en 2017, el 33% de las muestras tenían valores bajos de magnetización, mientras que el 16% de ellas presentaban valores altos. El valor medio SIRM fue de 72.55 (μA), siendo el más alto 650 (μA).

De las principales conclusiones del estudio de entonces se pudo descubrir que en la ciudad de Zaragoza los valores de SIRM fueron significativamente más altos en áreas con tráfico intenso y en las cercanías del tranvía. De igual modo, fue más bajo en áreas alejadas de las mencionadas fuentes y en áreas expuestas al viento. Para este 2019, el proceso de medición d la superficie de la hoja se empleará una máquina que medirá los materiales ferro magnéticos (atraídos por el hierro). Cuanto más material se extraiga de la hoja, significará que en dicha área hay más contaminación.

La combustión en la industria o el tráfico genera ferropartículas contaminantes

Ciencia ciudadana, un reto futuro

Todavía faltan unos meses para conocer los resultados de este año, con los que podrá trazarse una comparación con respecto a los niveles de 2017. Sin embargo, el proyecto ya ha logrado su objetivo principal: involucrar a un significativo número de personas en todo el proceso. Desde Fundación Ibercivis, su responsable de Comunicación, Daniel Lisbona, reflexiona acerca de la importancia de que la gente “pueda hacer ciencia” sin necesidad de emplear sofisticados aparatos tecnológicos. Ni siquiera teléfonos móviles. La ciencia de “a pie” es la que más puede ajustarse a todas las edades, y la que, finalmente, termina por concienciar de un modo más “cercano”. Básicamente, como Vigilantes del Cierzo lo ha hecho a través de los fresales.

Lisbona recuerda asimismo que el acercamiento de la ciencia a la ciudadanía puede resultar una de las maneras más eficaces para que la sociedad empiece a concienciarse desde abajo sobre, por ejemplo “la economía circular” o “las problemáticas del medio ambiente” y su necesidad de preservación. Si empieza “cotidianamente” a empelarse el método científico, probablemente la propia sociedad esté contribuyendo a crear a individuos más “analíticos e informados”, y con una mayor capacidad de decisión efectiva de cara al futuro.

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