Zaragoza y el reto de la agricultura del futuro

La sostenibilidad configurará la agricultura del futuro

Tanto la agricultura como la ganadería han formado parte de la historia. Desde los orígenes más primigenios de la humanidad. Los primeros antepasados ya eran cazadores-recolectores, conformando ambas actividades el núcleo de su sistema económico. Es, en efecto, algo que no ha cambiado en cerca de cinco millones de años. En pleno siglo XXI, la agricultura es un sector estratégico a nivel mundial; son los productos de la tierra los que, en gran medida, configuran la base de los regímenes alimenticios y económicos de los países. Por extensión, lo hace también la agronomía.

Clarificado su posicionamiento, se precisa someter un dato a análisis: según estimaciones oficiales, en 50 años, cohabitarán en el planeta unos 9.000 millones de personas. Son cifras que manejan con extremada prudencia desde el Instituto Agronómico Mediterráneo de Zaragoza, ya que las previsiones apuntan a que -en ese tiempo- la oferta de alimentos deberá aumentarse –proporcionalmente– en un 70%. En un escenario así, la propia sociedad se verá abocada a reforzar su compromiso con la sostenibilidad. Un concepto que no solo sobrepasa ya la consumación de protocolos verdes en las distintas acciones individuales, sino que urge establecerse como un mecanismo global de responsabilidad que garantice el desarrollo socio-económico mundial del futuro.

Medio siglo blindando la agricultura mundial

El Instituto Agronómico Mediterráneo de Zaragoza lleva medio siglo trabajando, a través de la docencia, la cooperación y la investigación, por el impulso y la modernización de los sistemas de agroalimentación del mundo. Son ya 50 años propulsando el progreso y transfiriendo un conocimiento que en sus inicios se orientaba al sur de Europa, pero que terminó por extenderse a los cinco continentes. Su director, Javier Sierra, recuerda con afecto los orígenes del centro, allá por los 60, cuando empezaron en su seno a formarse y a asesorarse profesionales y líderes del sector de la agroalimentación. Desde el instituto estiman que, en este tiempo, más de 15.000 personas han participado en sus programas avanzados y de postgrado.

El Instituto Agronómico Mediterráneo de Zaragoza lleva medio siglo trabajando por mejorar la agricultura

En un principio, cuenta Sierra, “venían expertos y futuros profesores de universidad a formarse aquí”, y -ya en los 70- “nos abrimos a una cooperación triangular con el norte de África”. A esta se adhirieron finalmente representantes latinoamericanos, con lo que, poco a poco, fue creándose una red transfronteriza de investigación que sumaba miembros de todo el mundo. Con el tiempo han llegado representantes no solo de Europa y el conjunto del Mediterráneo, sino del África Subsahariana, América Latina, Norteamérica o Asia. Además, ostentando España el octavo puesto en la categoría de exportador global, “cada vez más potencias se han ido interesando en la formación de alta calidad que nosotros proporcionamos en materia de agroalimentación”.

Al final, reflexiona Sierra, es innegable que “todos formamos parte de la cadena del desarrollo mundial”, así que el instituto ha adoptado un nuevo principio: ser un “Mediterráneo plus”, un Mediterráneo y “más allá”. Así, pasó de ser una escuela para el desarrollo de la agricultura en el sur de Europa a consagrarse como un poderoso centro de transmisión de conocimiento y de concienciación agronómica, para formar, a nivel mundial, en la agricultura del futuro.

Nutrir conciencias, el reto del siglo XXI 

En 50 años, el Instituto ha pasado por numerosas fases. Fases que para Javier Sierra no han sido sino un “fiel reflejo” de la evolución de la propia sociedad. A finales de los 60, la formación del Instituto estaba más orientada a la fruticultura, la producción animal o las cadenas de frío. Sin embargo, el curso estrella de este año ha versado sobre las aplicaciones del Big Data en los sistemas agroalimentarios, enrolados hoy en día en la significación de la sostenibilidad y sus ODS. De alguna forma, antes el sector estaba más pendiente de los procesos productivos, mientras que en la actualidad, el patrón de dieta mediterránea (conectora de la alimentación, la salud y la tecnología) se ha convertido en la pieza nuclear del progreso.

Para Sierra, la agricultura es una “necesidad permanente y elemental” de los consumidores, pues los humanos interaccionan con ella -al menos los occidentales y sin contar los “picoteos”- tres veces al día. Es en este punto cuando se entrelazan las cifras antes expuestas: en pocos años, el planeta va a asistir a una multiplicación de sus habitantes, al mismo tiempo en que se aproxima con vehemencia la amenaza del cambio climático. Son dos variables de las que subyacen los calentamientos globales, las presiones hídricas y de demanda (esta última por el incremento de las clases medias mundiales) que posiblemente motivarán la vulneración de la producción alimenticia. A su vez, explica Sierra, esto generará una también mayor presión “sobre los espacios de cultivo o las zonas ambientales, que deberán ser transformados”. Razón de más, matiza, para que todo lo que conlleve prefijo “agro” se acoja a las leyes de la sostenibilidad y que todo lo hasta ahora conocido comience a ensamblarse con las necesidades emergentes.

Más de 15.000 expertos y líderes del sector han pasado por el centro Mediterráneo

Bajo este nuevo marco el instituto basa su actividad. Una actividad que viene potenciada por tres ideas fuerza: a la sostenibilidad (primera fuerza) se anexiona asimismo la resiliencia (segunda fuerza) y la inclusión (tercera fuerza). Son tres conceptos que tratan de responder a la transición en la que la sociedad está inmersa, combatiendo paralelamente las irregularidades que todavía hoy existen. Entre ellas, la desigualdad. Esta es, para Sierra, la principal causa de que, por ejemplo, sigan asombrosa e incoherentemente coexistiendo la obesidad y el hambre en pleno siglo XXI. “El mundo es inherentemente desigual y podemos encontrarnos dentro de un mismo país patrones de consumo dispares en función de la riqueza o grado de conocimiento o sensibilización”, clarifica, argumentando que los estratos sociales “más vulnerables y con menor nivel de renta” tienden a alimentarse “de manera más insana”. Quizá sea también porque por esa inherencia tan propia de la naturaleza humana muchos ni siquiera tengan con qué alimentarse.

La propia Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el World Food Pogram alertan de ello. En sus últimos informes, los organismos argumentan que a pesar de los avances en seguridad alimentaria, el número de personas que padece hambre crónica ascendió en 2018 hasta los 821 millones. Son diez millones más que el año precedente, a lo que habría de sumarse, según datos de la FAO, las 776 personas que viviendo en países desarrollados siguen padeciendo desnutrición.

En ese sentido, para el director del instituto resulta incuestionable el hecho de que las nuevas tecnologías estén convirtiéndose ya en fieles aliadas para impulsar el progreso, ya que “facilitan trabajar en entornos más rurales o vulnerables, ampliando esa oferta de conocimiento y técnica”. También, porque se constituyen como precisos instrumentos de control, ayudando a que la agricultura sea cada vez menos costosa, más eficiente y sostenible. El instituto seguirá trabajando por todo ello -por lo menos- otros 50 años. Aunque, eso sí, el mayor reto de aquí en adelante posiblemente sea lograr nutrir conciencias.

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