Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

¿Huesca industrial?

Luis Iribarren Betés

Viví varios años en Huesca y en mi redol no había maniobreros. Eran todos cosas para la Diputación y el Ayuntamiento de Huesca. Cosas novedosas y chic en los primeros 90.

Que se llamaban director de festival de teatro, trabajadora social –con prácticas previas en Chicago-, compositor, profesora de teatro, técnico de desarrollo rural de Diputación y yo mismo, al frente de una Oficina de Información al Consumidor de un lugar consumista.

La citada trabajadora me contó una anécdota inolvidable: en el entorno de South Chicago de Michelle Obama –y mi querido amigo Marty- se hacen encuestas obligatorias a las familias perceptoras del Welfare State (qué cosas, nuestros actuales 400 y poco euros de subsistencia son lo mismo). Las respuestas de muchos niños negros de 6 años, sí, joder, afroamericanos, era que nunca han visto a nadie de su vecindario trabajar… Me pregunto qué beneficio para la sociedad tiene trabajar en determinado sector servicios…

Así que por obligación y devoción tuve que ir a vivir a Binéfar para normalizar. A eso que yo llamo el “Far East”, y donde publicamos desde Monzón el preclaro hebdomadario “El Oriental”. Qué pedazo de nombre.

Allí, mis cuadrillas de ambas ciudades (sí, ciudades desconocidas para los aragoneses) ya eran autónomos, ganaderos, trabajaban en Monsanto o podando melocotoneros…

Estaba el simpar panadero rockabilly de la Vispesa (singular parada de posta del eje Molins-Berdún), también la administrativa de Pinturas Lepanto vendiéndoles colores sin mezclar a los primeros monjes de Panillo, el comercial de vinos y nueces Valonga, la farmacéutica ganadera –siete farmacias en Binéfar por dos para humanos-, el vendedor de la mitad de los CD que hoy aún tengo y actual programador musical del Espacio Las Armas, el presente mánager de Loquillo…

No eran ni mancos ni mudos el kioskero organizador del Festival de Jazz de Monzón, la atleta de vallas de origen zaragozanobinefarense siempre biencarada, el criador de pollos que charrabeambasentelliterà (marido de pocas palabras y dulce mirada de mi compañera de trabajo), la propietaria de una pensión que pudiera haber estado en Santander (adonde yo iba a tomar café para sentirme en un malecón), el que regentaba en Tamarite un restaurante propio de Borgoña (donde probé el primer Blecua), mi padre de Camporrells que metía ordio en la San Miguel de Lleide, recorría la Ribagorza de los Bergua (apellido de su dona, hoy sería Mercadona) y demás personajes de los que carece Huesca ciudad… Y quizá también Huesca Mahgreb –el de la puesta de sol…-.

Cuál es la apuesta de Huesca y en qué lugar están. Sigue pareciendo ser la Girona de Aragón, y eso lo han conseguido. El problema son las dimensiones y falta de orgullo de Aragón que lastran esa feliz idea. La solución de desarrollo, como en Teruel ciudad que a la desesperada la ha acometido en torno a auxiliar de automóvil y aviación, solo puede ser exógena.

Y cuando lo es le penaliza la cercanía y hay 2.000 de Zaragoza que van y vienen al hospital, universidad de secano y todavía más a Walqa. Es gente que, para su desgracia, no sabe lo que es comprarse una camisa con tiempo y delectación en el Coso Bajo de Huesqueta.

Yo conocí una Huesca de única industria agroalimentaria que, por falta de agua suficiente y porque su población crecería de golpe 10.000 habitantes, no reivindicó la GM para Tardienta.

La herrería venida a más Lamusa, la cerrada Mildred –de pastas y hojaldre industrial-, la endógena y también cerrada Industrias Luna de Almudévar y Harinas Porta hablaban de un pequeño sector industrial decimonónico. Ya entonces, los polígonos Sepes de Monzón, Alcañiz, Valdeferrín-Ejea e incluso Barbastro-Brilen les daban sopas con ondas a esa calle-polígono de Magantina, con discoteca entreverada.

Huesca ciudad ha apostado mal en el contexto de un Aragón prepirenaicolanguideciente. No tiene una estructura económica equilibrada porque quizá mi generación no lo necesite, pero sí la de sus hijos. Más allá de logros modo Ascaso-Tolosana, podría ser una ciudad como mínimo semejante a Barbastro.

Una ciudad mercado, viña, regadío, con un alimento o dos propio, almendra… Y no ese erial propiedad de cuatro color amarillo pajizo excepto donde vivía Beulas.

Hoy una economía de ese tipo de por sí generaría 3.000 habitantes y un matadero casi seguro. Pero huelen mal.

El desinterés industrial de Huesca es gráfico. Y se revela por sí mismo en el entorno abierto y abandonado, con naves de compra-venta de coches, de su estación ferroviaria. Ciudad de casino, trámite administrativo y película iraní by Peña Zoiti de los jueves, en que se pasa lista a los de La Movida. En Zaragoza también, claro está… Con otras cosetas…

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