«Padre no hay más que uno»: Lecciones de conciliación laboral

A estas alturas de la película no creo que haya nadie que pueda discutir la importancia de una figura como Santiago Segura para nuestro cine. Podrán gustar más o menos sus películas, personajes o su propia persona pero lo que parece una verdad incuestionable es el valor de las películas del creador y alma mater de Torrente, como importante fuente de ingresos para la industria cinematográfica española o como manifestación de un cine popular tan digno de respeto como el del más sesudo de los autores, sin olvidarnos de la faceta sociológica fácilmente rastreable en su cine. Ahora Segura, en una operación hábilmente calculada que ya había comenzado con “Sin rodeos” (2018), su anterior película, amplia el espectro de sus potenciales seguidores, abarcando a un público familiar que, hoy por hoy, es uno de los que más contribuyen a que se llenen las salas. “Padre no hay más que uno” es una comedia blanca, para todos los públicos, en la que Santiago Segura interpreta a Javier, un padre de familia numerosa absorbido por su trabajo y que dedica poco tiempo a las tareas del hogar y a sus hijos. Un día su mujer (Toni Acosta), harta de esta situación, decide tomarse unas vacaciones e irse de viaje con su cuñada (Silvia Abril). Durante su ausencia Javier tendrá que compatibilizar los problemas del trabajo con una situación doméstica a la que es ajeno por completo: hacerse cargo de las tareas del hogar que suponen cinco niños. El último trabajo de Santiago Segura como director es la segunda version que nos llega en el plazo de dos meses de la comedia argentina “Mamá se fue de viaje” (2017) con un tema que es de actualidad desde hace ya algunos años, la conciliación de la vida a raíz de la incorporación generalizada de la mujer al mercado laboral.

Pero Santiago Segura, al contrario que el remake italiano, “10 días sin mamá” (2019), sólo toma la premisa inicial del film argentino, el punto de partida y el esquema argumental, para hacer una guión más personal en el que, junto a Marta González de Vega, su colaboradora en “Sin rodeos”, introduce chistes y aportaciones personales, fruto probablemente de sus propias vivencias como padre, algo a lo que no es ajeno el hecho de que dos de sus hijas en la ficción lo sean también en la vida real. Quizás sus seguidores más acérrimos echen de menos al Segura más gamberro y políticamente incorrecto, pero éste no ha desaparecido, y aunque en pequeñas dosis, también se puede encontrar en “Padre no hay más que uno” escenas o gags que nos recuerdan lo que haría José Luis Torrente si fuera padre de cinco hijos. Además Santiago Segura ha optado por dejar a un lado el tema de la conflictividad social y laboral que en la película original argentina y en su remake italiano tenían bastante incidencia en la trama en pos de un acercamiento más intenso al gran público, a ese que, como decíamos anteriormente, es el que demanda más entretenimiento en estos días calurosos del verano. Su objetivo número uno es hacer reír al espectador que se acerque a los cines a ver su película y lo consigue con creces. Persiguiendo este sano y legítimo fin, Santiago Segura ha introducido alguna novedad respecto a la película argentina, además de la ya comentada, como es el aumentar el número de hijos de la pareja protagonista. Con esta pequeña variación consigue que su guión amplíe el repertorio de chistes y de situaciones cómicas de forma directamente proporcional al incremento de los distintos tipos y edades de niños en pantalla. Esto es evidente hasta el punto que, aunque él título hace referencia específicamente al personaje del padre, los momentos más divertidos de la película son los que protagonizan los niños de la historia. El protagonismo de la figura paterna que caracterizaba a los films argentino e italiano se desplaza hacia la prole, quizás porque tanto Diego Perotti como Fabio de Luigi son actores más propensos al histrionismo, a un exceso de gestualidad que va muy bien a la historia. Por el contrario, la comicidad de Santiago Segura no se basa tanto en un rostro gracioso como el de los dos intérpretes referidos, sino más bien en el “torrente” de expresiones y frases cómicas irreverentes, gamberra y chuscas que pueden salir de su boca. Consciente de que esto no cuadra con una película destinada al público familiar el director de Torrente da un paso a un lado y deja que los niños lleven el peso de la acción. Segura es un tipo sumamente inteligente y es probable que haya sido consciente de esto durante el rodaje potenciando los gags en los que intervienen los jóvenes actores porque en alguno de aquellos parece insistir reiteradamente aún a riesgo de que, superada la novedad, pueda llegar a cansar al espectador. Alguno de estos niños son auténticos roba escenas, y Santiago Segura sabe dirigirlos para que su trabajo sea lo más natural posible. En esta operación uno de los más perjudicados puede ser el personaje de Leo Harlem que en muchas ocasiones aparece desdibujado. Quizás ese “cuñado/hermano” pesado tan fácilmente identificable en cualquier familia (y que también es aportación de Segura) completaba un guión eficaz que consigue que nos veamos reflejados en muchas de las situaciones que vemos en la pantalla. Esta es, sin duda, la clave de “Padre no hay más que uno”: el espectador reconoce situaciones de su vida real, reflejos de su día a día, y se rie “de” y “con” ellos. Santiago Segura nos pone (y se pone) en la diana de sus chistes y nos divertimos y pasamos un buen rato riéndonos de nosotros mismos sin darnos cuenta de ello. En el fondo es lo mismo que hace con “Torrente”.

www.habladecine.com

LO MEJOR: Los niños… ¡todos!

LO PEOR: El alargamiento o repetición de algún chiste.

VALORACIÓN:

Fotografía: 6

Banda Sonora: 7

Interpretaciones: 7

Dirección: 6

Guión: 7

Satisfacción: 6

NOTA FINAL: 6,5

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