Luis Iribarren Betés / Licenciado en Derecho

Festival folklórico de Jaca, 50

Luis Iribarren

Nos hemos hecho viejos con él. El referente, para bien o para eludirlo, de los festivales culturales de la democracia aragonesa parece una gota de agua entre tanto océano de propuestas en el Aragón vacío, el de a partir de septiembre. Pero es mucho más. Este año irá de cena con sus quintos jaqueses y le entregarán un sueldo con el que poder hacer una gargantilla.

Parto de aquél alcalde Abadías que determinada gente de bien y de los que oscilan entre votar entre Vox y Podemos echan de menos. Hizo un hospital que no correspondía antes de las Áreas de Salud de las autonomías –por tanto se las pre cargó con donosura, redaños y valor-.

Duplicó la superficie de Jaca en lo que ahora parece un ensanche estucado y con remates exteriores de madera mal barnizada y tejados de pizarra leonesa. Lleno de pinos que manchan los coches, aceras barcelonesas pretensadas y setos de los de pagar mucha comunidad ya desde hace 40 años. En 20 más, serán una maravilla vintage las piscinas aluminosas de pintura plástica deslizante.

Patada a seguir, para arrostrar los costes ordinarios anuales de su megalo-alcaldía, las Corporaciones democráticas jacetanas han hecho lo mismo, ocupando glacis y campas hasta esa Jaca de 50.000 usuarios potenciales donde no se puede aparcar, pues las calles son las de Armando. Que mantienen 14.000 a duras penas, y siempre gracias al empadronamiento del Ejército. Todos, vecinos ya con contadores de agua.

Pista y competiciones de hielo y hockey de primera, hospital propio para atender fracturas (para remedar el bellísimo barroco de su casco de Sancho Ramírez, hoy Albergue de Peregrinos), urbanización de Astún y consolidación del Festival Folklórico de los Pirineos conformaron la hoja de ruta y logros de este publicista al que tantos después imitaron, y del que tantos se nutrieron. El desarrollismo pirenaico era construcción y las cicatrices del modelo de Jaca se vislumbran en Biescas y Villanúa.

Le faltó hacer varias rotondas o un arco de triunfo de poliuretano con un Jaca gigante y un circuito urbano de Fórmula 1, que ya existía en Alcañiz, para anteceder a Jesús Gil y que mi ciudad pudiera pasar por Mónaco. En materia de casinos, la sobrepasamos por uno.

Pero muchos edificios jacetanos necesitan un importante repaso post-perestroiko. De esos en los que la eficiencia energética está en la última barra y es muy larga. Insostenibles, pero es cierto que no bajan de precio ni con agua a veces caliente, a veces no. Veo cada vez que voy que se les va haciendo chapa y pintura a estas segundas residencias, fantasmales en noviembre.

El Festival fue muchas cosas avant la lettre que a mí, que nací casi con él, no me han sorprendido luego cuando se han desarrollado algunos años después.

Pues anticipó un producto resumen de muchos mantras culturales del futuro, fue un Blade Runner en toda regla. Un erasmus de músicos y bailarines tradicionales, una semana de Carnaval en verano, una oportunidad de sacudirte caspa conociendo gente de todo el mundo –anticipo del Interrail-, el primer programa de intercambio pirenaico de cultura –anticipo del Interreg-. Allí sí que hay que felicitar sin ambages a aquella generación de concejales constructores.

La edición en Jaca era bianual, se esperaba con impaciencia… Provocaba tener que ir a Olorón en el año par de que se tratase y, de paso, respirar libertad masticando bombones.

Recuerdo las caras felices de angoleños, moldavas, nicaragüenses por palacagüina y tribus que ya no existen… Como catalanes españoles, vascongados de chalaparta y aurrescu, yugoslavos, soviéticos, sudaneses y la peña de Alto Volta, Saaaaaaahara español o sirios de los de bien. Que no sé cuáles son. Era un adobo con comino, jalapeños y pimentón de la Vera que daba igual que enmascarara el sabor del jarrete.

Todos tomando cerveza o agua en las noches tórridas jacetanas de agosto, de charanga multicolor y parade del orgullo. Al pie de la Zona y del Viviana.

El desfile final fue durante muchos años la principal festividad de Jacetania, dado que las fiestas de lugares un poco grandes que han negado por paleto a su hinterland tienen mucho de feria sevillana, en que tienes que conocer a alguien que te meta en la caseta. Densas por protocolarias.

Ese fue el Festival para mí, una consagración de mi primavera, la Emmanuelle negra y el destape ta Pau. El impero de mis sentidos sin salir de la bota de vino bebida a gargallé y el picor de polvillo de ordio en arpillera.

Una marca indeleble de vida, el sueño que a veces he convertido en realidad de visitar los países de donde provenían los bailarines.
Ahora, 50 años más tarde, hay saturación de terapias ocupacionales de este tipo y ya se viaja sin salir de casa. Es natural cierto languidecimiento y crisis de la propuesta, por el demarraje -galicismo- de Pirineos Sur y su feria de las culturas que ha pasado al festival como un avión Concorde.

Pero se ha llegado a su época madura, cuidado: la cercana al ERE de prejubilación. Es memoria vivida y vívida de este niño que os escribe con las pupilas abiertas viendo la samba de cierre del grupo brasileño en la Avenida Regimiento de Galicia…

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