«El cuento de las comadrejas»: El crepúsculo de los Dioses

Resulta sorprendente que un director de la talla de Juan José Campanella que inició su andadura en los EEUU con “El niño que gritó puta” y ha ganado el Oscar a la Mejor Película Extranjera por “El secreto de sus ojos” ( aparte de acariciarlo años antes con “El hijo de la novia”), no haya desarrollado su carrera en Hollywood. Es más, su filmografía, a pesar de contar con grandes títulos, es especialmente breve, centrándose muy mucho en el terreno televisivo. Sería un caso parecido al de nuestro Pedro Almodovar, que contando fuera de nuestras fronteras con un reconocimiento si cabe aun mayor que el que le ofrecemos en nuestro país, siempre ha rodado en castellano. Otros directores hispanoamericanos como Del Toro, Iñarritú o Cuarón lo han logrado y de manera digna. El propio Campanella, en la presentación del film que nos ocupa en nuestra ciudad, Zaragoza, afirmaba que, después de ganar el Oscar, hubo una temporada en el que le ofrecieron muchos proyectos que él rechazo por falta de calidad o por no adaptarse a su estilo.

Después de su particular homenaje animado al fútbol en “Futbolín”, vuelve a las pantallas con un film que es un remake de otro del año 1976, “Los muchachos de antes no usaban arsénico”, obra del cineasta argentino José Martínez Suárez en cuyo taller de cine se formó el propio Campanella junto a personajes del mundo de la farándula como Graciela Borges.

En este cuento nos encontramos con cuatro viejas glorias del mundo del Cine que han acabado compartiendo los últimos años de su vida en un viejo caserón a las afueras de Buenos Aires. La dueña es la legendaria actriz Mara Ordaz, y el resto de los venerables ancianos que la acompañan son su marido Pedro y los antiguos director y guionista de sus películas Norberto y Martín. Un cierto aire de camaradería entre los hombres se percibe y contrasta con la altivez y desprecio de la vieja dama. Pero un día aparecen por casualidad una pareja de jóvenes, Bárbara y Francisco, que se introducirán en su mundo y lograrán ponerlo patas arriba. Entre ambos bandos se inicia una sibilina batalla donde la palabra y la sabiduría de la vejez compite con la ambición y fuerza de la juventud.

Campanella director, montador y guionista, junto a Darren Kloomok retoman la historia original de Martínez Suárez y plantean una pieza de configuración casi teatral ( apenas hay dos escenarios más) que ubican en un escenario imponente y atractivo como es la vieja casona rodeada de paisaje donde la naturaleza ( y las alimañas) se abre paso. Las primera imágenes aéreas parecen mostrarnos una casa vieja de aspecto descuidado, un Sangri-la donde no habita Charles Foster Kane si no más bien Norma Desmond. Como en la casona de la vieja actriz del cine mudo, aquí también prevalece lo kitsch, la acumulación de muebles viejos, fotografías y premios, hasta cuenta con una sala de proyección donde imaginar, día si, día también, su vuelta a los rodajes.

En este magnifico escenario se desarrolla la historia en la que la palabra fluye de la boca de los personajes de una manera nada baladí, todo tiene su sentido, Las frases salen como puñales y difícilmente erran el blanco. Los diálogos de fino humor negro entre los personajes ponen una sonrisa en la boca del espectador y en muchas ocasiones, se traducen en carcajadas. Es un humor muy argentino, inteligente, muy trabajado y en el que nada es gratuito.

Y a la palabra hay que añadir las miradas silenciosas. Todos los personajes se encuentran con la guardia bien alta y no pueden bajarla en ningún momento. El momento del cruce de miradas entre la joven Barbara y los inquisitivos ancianos al comienzo de la película es revelador del gran guiñol que se interpreta y el toque de aviso de la Guerra que esta a punto de iniciarse y de las complejas estrategias que se van a discurrir.

La referencia del titulo del film es un avance de lo que vamos a ver, aunque en los diez primeros minutos es fácil establecer la relación entre las comadrejas y los humanos. Y enseguida adivinamos por donde van a ir los tiros. Pero no importa porque hay muchos otros alicientes en la película que están por encima de una trama previsible: unos actores inmensos, tanto los mayores como los jóvenes, un sexteto de “muerte” en estado de gracia con un bagaje suficiente para sacar adelante cualquier guion aunque sea mediocre; un guión que avanza y depara sorpresas, salpicado de “pequeñas batallas” hasta llegar a la gran contienda final; y un mensaje en el que todos podamos sentirnos identificados: la contraposición entre unos personajes mayores, sabios, cascarrabias pero con derecho a disfrutar como quieran de sus últimos años y una juventud llena de ínfulas, ambiciosa, irrespetuosa, que se cree con derecho a retirar de un plumazo todo aquello que se interponga en su camino. Peor también se habla de los fantasmas del pasado enquistados en el presente, de saber pedir perdón, de la solidaridad, del afecto a pesar de las desavenencias.

Campanella dirige con elegancia la película y pasea la cámara en formato scope por las estancias de la mansión incidiendo también mucho en primeros planos de sus personajes sobre todo en los momentos de más dramatismo. Sazona la historia con temas clásicos de Brenda Lee o Sinatra, y solo le puedo echar en cara dos cosas: las típicas escenas acompañadas por rock and roll en la que la acción y el montaje se mueve a ritmo de la música. Y también que tenga un final en el que mejor es no hacerse preguntas. Del mismo modo que en el cine clásico, la pareja se besaba en primer plano, aparecía un “The End” y no nos preguntábamos que pasaba al día siguiente, en este caso, al aparecer el “FIN” si cabe cuestionarse ciertas cosas discutibles del final.

El sexteto protagonista es de lujo. La gran actriz argentina Graciela Borges, a la que vimos hace escasos meses en “La quietud”, borda su papel de diva intransigente que necesita vivir en su nube por el shock que supondría bajar de ella. También vimos hace poco a Luis Brandoni en “Mi obra maestra” y a él le ha correspondido el papel más tierno del grupo, el marido, que también vive en su mundo particular. Oscar Martínez, visto en “El ciudadano ilustre” ó “Toc toc” es el director, siempre observante y alerta de evitar que se cuele ninguna comadreja en el gallinero. El gran Marcos Mundstock, es menos conocido por sus papeles en el cine y mas conocido por ser uno de los componentes de “Le Luthiers”, aquí es el guionista que encuentra en la palabra su principal arma. Y los jóvenes Francisco y Bárbara están interpretados por Nicolás Francella, hijo de Guillermo Francella, y nuestra Clara Lago, soberbia en su papel de mil caras y bordando el acento argentino.

El cuento de las comadrejas es una delicia, para mi gusto sin altibajos muy relevantes de guion, con unos diálogos inteligentes y chispeantes, una trama quizás reconocible pero que sorprende, un trabajo actoral soberbio, y, sobre todo, el regreso al Cine de un director que se hace rogar en este campo y que ejecuta un trabajo notable como director y guionista. De lo mejor de la cartelera.

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LO MEJOR: La partida de billar. El arranque y los brillantes diálogos.

LO PEOR: El final plantea algunas preguntas para los espectadores menos conformistas.

VALORACIÓN:

Banda Sonora: 8

Fotografía: 7

Interpretación: 9

Dirección: 8

Guión: 8

Satisfacción: 7,5

Nota Final: 7,92

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