Jorge Garris Mozota / Geopolítico e Historiador

¿Qué está pasando?

Jorge Garris

A veces, los acontecimientos diarios de la vida no nos dejan percibir con toda su intensidad aquello que está ocurriendo a nuestro alrededor.

Pasadas ya las elecciones generales, autonómicas y municipales, con los resultados finales que en cada territorio hayan resultado; pactos, mociones, acuerdos personales, y demás gestiones políticas, que de acuerdo con la Constitución vigente y reglamentación electoral se pueden acometer, los arcos parlamentarios y corporaciones municipales resultantes, muestran, o así debería ser, la voluntad del pueblo elector. Estas afirmaciones, que pueden resultar obvias, se tornan a veces sospechosas y preocupantes.

Afirmó Platón que “Nadie es más odiado que aquel que dice la verdad”, y Marco Aurelio que “Todo lo que oyes es una opinión, no un hecho; todo lo que ves es una perspectiva, no la verdad”.

En las democracias occidentales, la valoración de la opinión personal adquiere una dimensión especial pues a la postre se traduce en voto, universal, igual, directo y secreto, en las diferentes convocatorias electorales.

A lo largo de la Historia existieron sufragios censitarios, no igualitarios, o directamente democracias orgánicas donde no existía ese voto comentado para la elección de representantes políticos públicos.

No vamos a entrar en el nivel de conocimiento del elector común sobre los asuntos políticos, locales, nacionales e internacionales; tampoco sobre los relativos a la economía en sus diversos niveles, ni la de aspectos filosóficos y politológicos; pues la mayor fuente de formación la ejercen sin duda los medios de comunicación y sus protagonistas, que son los que tienen mayor poder de difusión.

Si tras la Segunda Guerra mundial se dijo que el mundo iba a ser diferente, que no se repetirían errores del pasado, que los conflictos y guerras iban a ser desterrados de la Historia, parece que la propia naturaleza humana sigue sus propios patrones de comportamiento y por supuesto, con las enormes diferencias culturales a lo largo y ancho del planeta, al margen de procesos globalistas y mundialistas, que pretenden crear una sola cultura y política mundial; casi nada.

El llamado “Sistema” ofrece unas pautas de comportamiento y procedimientos que hace que o bien estés dentro o fuera de él, y evidentemente no es lo mismo lo uno que lo otro, por las consecuencias que acarrea.

Todos conocemos lo que significa el “mobbing”, el aislamiento de una persona o grupo, la condena al ostracismo, y otras acciones, no precisamente muy humanas ni democráticas. Al parecer, uno de los fundamentos democráticos se basa en respetar la ideología del otro, y como mucho habilitar procedimientos de actuación contra aquellos que quieren destruirlos, pero no respetar, a colación de esa libertad de pensamiento, actuaciones que vayan en contra del código penal.

Igual que nos escandalizaría, o nos debiera escandalizar, que se manipularan elecciones, o que no todas las opciones políticas dentro de la Constitución, pudieran ofrecer sus alternativas a los ciudadanos; igual que no concebiríamos que sucedieran altercados y agresiones, entre representantes o simpatizantes de las diferentes opciones políticas; igual nos debería asustar el hecho de que tras los resultados electorales, se intente confinar a los elegidos de determinadas formaciones.

La violencia verbal o física contra las personas, queriendo ser justificadas por la ideología, nunca bien entendida ni comprendida, no muestra un elevado grado de madurez en un porcentaje de los ciudadanos.

¿Realmente podemos llegar a esa situación? ¿Podemos y debemos cerrar canales de difusión de determinadas opciones políticas que están dentro de la Constitución? ¿No es un tanto peligroso empezar a circular por esas carreteras?

Creo que merece la pena que reflexionemos todos antes de que sea demasiado tarde. Cuando se hacen confundir las palabras, hablando de “extremas” y “radicales” llamando a las cosas por lo que no son, cuando se señala a alguien por su posicionamiento ideológico, se cierran vías de expresión, emulando tiempos pasados; o no se sabe con lo que se está jugando, o algo está fallando, y eso debería explicarse sin dilaciones.

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Premio Nobel de Economía 2019

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