Vicente Franco Gil / Licenciado en Derecho

Descomposición, podedumbre, ocaso, presunción, esperanza

Vicente Franco

Tras las elecciones del 28-A y 26-M, la coyuntura política reinante no deja de sorprender a propios y extraños. En el Cantar del Mío Cid, Rodrigo Díaz de Vivar dijo a Alfonso VI: “Muchos males han venido por los reyes que se ausentan…”, a lo que el monarca contestó: “Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”. “Cosas tenedes” con el tiempo pasó a “cosas veredes”, señalando con ello la perplejidad de tantas cosas que suceden a nuestro alrededor. En materia de pactos para configurar la gobernabilidad, me temo que cosas incongruentes hemos de ver.

La descomposición es cabalmente atribuible a Ciudadanos, el partido de ¡sorpresa, sorpresa!, el que no se sabe con certeza si sube, baja, entra o sale. Pretende ser un partido bisagra que, por más que se alza de puntillas, no llega a crear tendencia. Ensaya adoptar una posición de líder sin concretar la misteriosa miscelánea de ideas que componen su ideario, a la sazón, el del que arrima el ascua a su sardina. Los sesgos centristas se escoran, según convengan las circunstancias, ora a derechas, ora a izquierdas. Esta estrategia en política implica el riesgo de que la formación “centrista” se diluya en el tiempo, pero eso sí, mientras tanto sacando rédito a la situación pactada. La oscuridad de estos socios ilumina su sagaz adiestramiento.

La podredumbre es para Podemos y sus filiales, ocupando la primera posición del ranking naufragístico. Han pasado del “sí se puede” avieso y revolucionario (¿?), al “si se puede”, el del por favor, llorado con voz bajita. El marxismo y el comunismo han intoxicado demasiado la historia, y lo que necesita ésta es llenarse de sentido común y de argumentos que proyecten a los pueblos a la verdadera libertad. Estos neopopulistas (eufemismo de ácratas intenciones) están deseosos de tocar pelo institucional sobre todo a nivel nacional. Babean como el lobo feroz por alzarse con algún ministerio que les haga estrellas de sus desvaríos, para comerse a Caperucita que somos los inermes ciudadanos. La hartura de ignorantes, de listillos, de tantos aprendices de trepa fácil, y de tanto hijo de papá, han diezmado dicha formación. Solo con ideología ramplona no se gobierna.

El ocaso se lo adjudica el Partido Popular. Demasiada confianza en la inercia de sus votantes, los cuales no veían de momento otra alternativa al panorama delirante de la izquierda. Pero le pasó factura la indiferencia fláccida de sus gerifaltes en temas troncales, así como pasmosa tibieza en decisiones trascendentales, o ese “laisser faire” apático e indolente orientado a lo políticamente correcto con tal de seguir calentando los sillones que legislatura tras legislatura aseguraban el poder institucional y el control social. Escándalos de corrupción, falta de cintura y rapidez en la acción, y demasiadas avestruces que no han sabido nadar y guardarla ropa. La limpieza habida (aún queda mucho por hacer) tras el triunfo de Pablo Casado puede hacer reverdecer, con inteligencia política y sensibilidad social, lo que otrora fue un gran partido.

Y con la deriva del PSOE al mando de Pedro Sánchez solamente cabe asignarle la presunción y la arrogancia. Todavía no se creen sus militantes y simpatizantes el resultado obtenido tras las elecciones. Campañas con guiños al independentismo, al balbuceo institucional, una subida de escaños para pinchar en vena y no sacar gota de sangre, en fin, un insólito resultado al que nos estuvo preparando el CIS un mes antes. Y a nivel autonómico y local unos maridajes de difícil comprensión, como en Aragón que junto al PAR (partido de derechas con exiguos escaños) dan la llave del gobierno al socialismo cuatro años más. Pero lo peor de todo es que a pesar de las críticas a Sánchez de su propio partido, ahí sigue, quizá porque las críticas se hacen por la comisura de los labios, práctica habitual en el ámbito político.

La Ley Orgánica del Régimen Electoral General vigente y el ordenamiento jurídico atinente resultan en ocasiones juguetones. Criticada en diversas ocasiones, quizá fue pensada para los primeros años de la Transición y no para estancarse a perpetuidad. Extraños pactos postelectorales entre partidos y coaliciones incomprensibles barren el afán de voto de la ciudadanía, pues la inicial voluntad popular queda al final reducida a la conveniencia exclusiva de los partidos.

Quizá con el emergente VOX, tenaz, sincero, con aspiración de servicio y no de autoservicio, se dibuje la esperanza por alcanzar la moral y la sensatez resolutiva, a pesar de estar estigmatizado por ciertas formaciones políticas declaradas constitucionalistas (pero a la vez son sectarias) y por algunos medios de comunicación que obedecen a los dictados de una libertad de prensa torticera, sea el remedio a medio plazo para poner orden y devastar el caos que se ha instalado en las diferentes instituciones administrativas en las que se divide el Estado. Con la formación verde se nos ha liberado de la mordaza ideológica con que la izquierda nos censuraba bajo la mirada perdida de la pseudoderecha marchita.
¡Cosas veredes que harán hablar a las piedras! No nos quepa la menor duda.

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