“Así que pasen cinco años” y “Ópera Keicho”

El ejercicio final de los alumnos que han concluido sus estudios en la Escuela Municipal de Teatro, y una original propuesta que funde la historia, la imagen y el folklore de España y Japón en el siglo XVII han ocupado el escenario del Teatro Principal.

Así que pasen cinco años

Federico García Lorca dejó para la posteridad algunos textos como ‘El público’ o ‘Así que pasen cinco años’, que él mismo calificó como ‘teatro de lo imposible’, consciente de lo difícil que podía resultar representarlos. En ellos nos  recuerda cómo el ser humano vive atrapado por el tiempo y por sus grandes obsesiones, el amor y la muerte.

La pieza con la que cerraron curso y carrera los alumnos de la Escuela Municipal de Teatro la pasada semana en el Teatro Principal, bajo la dirección de Rafael Campos, es   enigmática y surrealista. Supone un reto, un ejercicio de madurez para los artistas que se han de integrar en el mundo profesional, evadiéndose ahora de cualquier complacencia.

‘Así que pasen cinco años’ significa también el último reto oficial para el director, que con esta obra se despide de la dirección de la Escuela Municipal, tras muchos años de vinculación con la misma, incluido el paréntesis de su exitosa etapa al frente del Teatro Principal.

Curiosamente, hace poco más de un año, los días 27 y 28 de febrero de 2018, la Escuela Municipal de Teatro rindió un homenaje a quien fue uno de sus pilares fundamentales a lo largo de los últimos 35 años, Francisco Ortega. Y lo hizo dándole la oportunidad de dirigir en el Teatro Principal la obra ‘Así que pasen cinco años… aproximadamente’ un texto escrito por el propio Ortega que hilvanaba escenas de talleres impartidos sobre obras de diversos autores. Una feliz coincidencia.

Volviendo al espectáculo reseñado, recoge escenas álgidas, como el entierro de un niño que arrastra su propio féretro, y estampas oníricas en una confusa mezcla de realidad y sueño, a través de un lenguaje con gran carga simbólica de referencias líricas. Algún experto en la literatura lorquiana la ha definido como la obra con más magia y calidad poética de todo el teatro español.

La trama cuenta la historia de un Joven que espera cinco años para verla de nuevo y casarse con su Novia. Cuando el momento llega, ella lo rechaza. El protagonista vuelve entonces su mirada y su requiebro hacia la Mecanógrafa, una muchacha que se enamoró de él años atrás, pero ella también decide hacerle esperar otro lustro.

El amor, el tiempo, la esperanza y la muerte sobrevuelan el oscilante argumento. A pesar de que ha pasado casi un siglo desde su creación, la obra sigue perteneciendo a la vanguardia y termina con una frase que se prende de la mente del espectador: “No hay que esperar. Hay que vivir”.

Daniel Bellido, Laura Cruz, María de las Morenas, Angi Landeo, Sara Molina, Blanca Sánchez, Patrick Mendes, Diego Garisa, Olalla Romero, Ivet Sanz e Isabel Perol realizaron una interpretación precisa y esforzada, tratando de mantener el ritmo elíptico que planea sobre todo el argumento. Importante la música en directo para acompañar las escenas, a cargo del pianista Jaime López, lo mismo que la interpretación de canciones de época, muchas de ellas recuperadas y armonizadas por el propio García Lorca, que estuvieron bajo la tutela de Marissa Nolla y de María Pérez Collados.

Ópera Keicho

Entre la historia narrada y los acompañamientos musicales, surge ‘Keicho’, considerada una ‘opera flamenca,’ que se ofreció en el Teatro Principal el viernes, día 14, por un conjunto de actores que, al son de la música, fueron desarrollando la acción narrada por un relator, el escritor y guionista Pablo Lorente.

La inspiración de esta propuesta parte de un hecho acaecido en 1614, en tiempos de Felipe III, cuando una embajada japonesa arribó a las costas españolas, llegando a establecerse en Coria del Río, muy cerca de Sevilla. Se conoce con el nombre de Embajada de Keicho. El objetivo de los viajeros era establecer lazos con el imperio español y afianzar el cristianismo en su país. Un fraile franciscano servía de introductor e intérprete.

Tras avatares varios, la expedición regresó al Japón, aunque algunos de sus integrantes decidieron quedarse en el sur de España. La trama se centra en uno de ellos, que se enamora de una bailaora flamenca, aprende el arte de la guitarra y funda una dinastía que perdura hasta hoy, con el apellido Japón como testimonio.

Hay dos personajes centrales, que representan esa fusión cultural. Por una parte, la bailaora y coreógrafa Carlota Benedí, que interpreta el papel de María. Por la otra, Ryo Matsumoto, conocido como ‘El Cigarrón de Jerez’, que  encarna al personaje de Miguel Japón, un sorprendente bailaor flamenco.

El proyecto artístico es de Nacho Estévez,  coproducido por Área y el Patronato municipal de las Artes Escénicas y de la Imagen. Estuvo protagonizado por Ryo Matsumoto, Carlota Benedí, Javier Fernández ‘Mután’, el propio Estévez, Alejandro Monserrat, Simón Fernández, Sergio Asso, Josué Barrés y los tambores Taiko del grupo Kamidaiko nacido de la Asociación Aragón-Japón, con la artista Kumiko Fujimura, al frente. Según Estévez, se trata de una historia de amor, con ribetes líricos, más que de una simple exhibición folklórica.

Salvo algún pequeño desliz en la proyección de las imágenes, realizadas por Cristina S. Viñuales, y vinculadas al ‘manga’, el espectáculo resultó consistente y brillante en todas sus dimensiones.

 

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