José María Ariño Colás / Doctor en Filología Hispánica

Labordeta y el mundo rural

José María Ariño

Pronto se cumplirán nueve años del fallecimiento de José Antonio Labordeta y, en cierto modo, parece que fue ayer cuando resonaba su potente voz en la tribuna del hemiciclo de las Cortes reclamando una atención especial para el Aragón que tanto quería, para los pueblos que había recorrido con la mochila a la espalda, para los habitantes de ese mundo rural tan necesitados de los servicios más básicos. El profesor, cantautor, poeta y político aragonés, que vivió en Teruel en los últimos años sesenta del siglo pasado, anticipó con sus primeras canciones los problemas de esta España vacía –o vaciada– que, por fin, aunque pienso que demasiado tarde, empieza a despertar cierto interés en nuestros representantes políticos nacionales y autonómicos.

Se acaba de publicar el libro Labordeta. Un canto a la esperanza. En él aparecen casi un centenar de testimonios de personas que le conocieron personalmente y compartieron momentos de su vida. Políticos, periodistas, cantautores, amigos y admiradores de “el abuelo” no dudan en destacar su carácter dialogante, su honradez y su coherencia. Pero, sobre todo, hacen hincapié en el amor por su tierra y por las personas anónimas que luchan por sobrevivir en un medio rural cada vez más aislado y despoblado. Su lectura nos remite a letras de sus canciones y a versos de sus poemas en los que la emigración, el silencio y la soledad de tantos pueblos de Aragón que día tras día se van desangrando.

Desde sus primeras canciones –Los leñeros y Las arcillas–, hasta sus últimas composiciones poéticas, Labordeta evoca con nostalgia la soledad de los pueblos, el vacío de las aldeas y el silencio de las casas deshabitadas. ¿Quién no recuerda canciones como La vieja, Regresaré a mi casa o La albada? En todas ellas late un sentimiento muy hondo de solidaridad con esas personas mayores que contemplan con tristeza y amargura cómo sus hijos abandonan definitivamente la tierra que les vio nacer y van a buscar un trabajo más o menos digno a las grandes ciudades. También en sus poemas del libro Treinta y cinco veces uno refleja la inmensidad del hueco de la ausencia: “Se han marchado ya todos / y nadie ha vuelto / para cerrar la puerta”.

Durante estos últimos nueve años se ha agravado el problema de la despoblación y se ha incrementado la sensibilidad social sobre un tema prioritario. ¿Qué diría Labordeta sobre la España vacía en estos momentos tan importantes y entre dos citas electorales esenciales? ¿Cuál sería su opinión sobre el cierre inminente de la térmica de Andorra o sobre el eterno problema del Canfranc y del eje ferroviario Teruel-Sagunto? Está claro que no se quedaría en silencio. Por no hablar de otros problemas políticos y sociales que se han agravado en esta última década. Habrá que quedarse, de todos modos, con las palabras que suscribe su viuda, Juana de Grandes, en la contraportada del libro: “El tiempo pasa. / Los recuerdos perduran. / La nostalgia aumenta… / Pero el futuro nos aguarda”.
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