José Luis Labat / Periodista

Ahora es cuándo

José Luis Labat

El momento de la verdad, le llaman. Y en diferentes frentes, también futbolísticos, de ligas que ponen a cada uno en su sitio, que para todo hay. Incluso en el ámbito académico, con un nuevo curso que ya apunta a postrimerías, entramos en ultimidad. Es el tiempo que pasa, y es el tiempo que no vuelve. Por eso no viene mal el recuerdo del “aprovecha el tiempo” o, como diría Horacio, del “carpe díem”.

Pero el aprovechamiento guarda relación con la consciencia. Y por ello no resulta extraño que, determinados ejercicios de poder, prescindan de la consciencia de los ciudadanos y recreen un ambiente de inconsciencia colectiva como caldo de cultivo ideal para perpetuarse. Nada mejor para alcanzar tal objetivo que el ocultamiento de la verdad, incluso bajo apariencia de lucha comprometida contra noticias falsas.

El sistema es el sistema, y quien manda en él tiene la llave, y los medios, para manipular a su antojo. Todo en la justa medida, bajo los dictados de la opinión que se publicita, que no guarda necesariamente relación de proporcionalidad con la opinión pública. Y así se va escribiendo la historia, bajo la atenta guía de los guardianes de la ortodoxia oficial, y de la heterodoxia permitida.

Que son, al fin y al cabo, quienes vetan, con sus descalificaciones o epítetos gruesos, cualquier propuesta contraria al poder establecido, o aúpan, con la reiterada presencia en sus escaparates teatrales de platós televisivos, aquello que interese al mantenimiento del sistema, aunque se trate de estiércol. Todo sea porque, en clave de medios audiovisuales, hay que divertirse hasta morir.

Así, resulta cuando menos curioso a la par que descorazonador, el intento de determinados generadores de opinión, generalmente miembros prominentes de la “gauche del caviar”, por estigmatizar a quienes piensan diferente. Y en lugar de debatir sobre las ideas, que es lo que pide de suyo el asunto en cuestión, se recurre al insulto fácil o al calificativo descalificador, convenientemente repetidos, que se constituyen en argumentos suficientes para una masa tan fiel como desprovista de criterio.

De victoria en victoria, hasta su derrota final, una sociedad así contiene en sí misma el principio o razón de su autodestrucción. La historia es elocuente al respecto. Y también la literatura. Recuerdo que cierto profesor universitario nos comentaba en clase su idea de que este mundo es una selva. Y me viene a la memoria “Rebelión en la granja” de George Orwell. Desde luego, ahora es cuándo. No me cabe ninguna duda.

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