“El castigo sin venganza” y “Ciudadano Yago”

Dos de los máximos representantes del Siglo de oro español y de su equivalente inglés, Lope de Vega y William Shakespeare, ha pasado durante la pasada semana por nuestros escenarios.

EL CASTIGO SIN VENGANZA

Se trata de una de las obras póstumas de Lope de Vega en la que vierte toda su experiencia teatral y humana, situando una tragedia en tierras italianas, que pudieran transferirse a cualquier otro lugar o país de nuestra cultura. El Teatro Principal ha presentado esta producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en un montaje de Helena Pimenta, quien ha desarrollado una ingente labor durante sus años al frente del organismo estatal y que ahora se retira dejando esta herencia soberbia de su buen hacer.

Con la actuación estelar de Joaquín Notario, como duque de Ferrara, de Beatriz Argüello, como Casandra, y de Rafael Castejón, como Federico, el hijo del duque, un elenco de gran altura va desarrollando este drama que, cual tela de araña, atrapa en su redes a todo un conjunto de personajes vinculados al poder. El combate entre el amor y los celos es el afán que agita a los protagonistas, también a Nuria Gallardo, como Aurora. Contrasta a menudo la tensión con sinuosa habilidad Carlos Chamarro, como el bufón Batín.

El gran mérito de la obra, además de su madurez conceptual y su rigor argumental, radica en la perfección del verso que los actores han conseguido diafanizar a través de una versión espléndida de Álvaro Tato, que permite disfrutar de la trama y del lenguaje al mismo tiempo sin perder ni un ápice de los contenidos filosóficos que el maduro Lope vierte a lo largo de su exposición.

Este trágico y explícito cuatro de la condición humana, refleja un desencanto por la sociedad de su tiempo, lo que sin duda es transferible a esta época en la que las pasiones encontradas, sin aparente solución, pudieran conducir a un desastre intelectual y emocional semejante al que aflige a los protagonistas del drama en el orden personal.

Una escenografía espectacular con planos superpuestos y el uso de un espejo como testigo de la infamia y sus secuelas, deja una sensación imborrable de buen hacer y de consistencia expresiva a todos los niveles, incorporando el del vestuario y el atrezzo. A destacar la coreografía de Nuria Castejón que destaca los momentos cruciales del drama, así como la selección y adaptación musical de Ignacio García.

CIUDADANO YAGO

La versión del ‘Otelo’ de Shakespeare realizada por Nacho Cabrera, que se presentó durante el pasado fin de semana en el Teatro de la Estación, es espectacular. Un solo actor, Miguel Ángel Maciel, secundado por el músico actor Rubén Sánchez (más lo primero que lo segundo en cuanto a volumen de ejecución), desarrolla en un monólogo sin respiro uno de los argumentos más conocidos y adaptados de la literatura universal. Sorprendentes el control, la agilidad y el equilibro que consigue Maciel en sus  continuos desplazamientos por el escenario.

Otelo, el caudillo veneciano que acude al rescate de Chipre, lleva consigo a Desdémona, su mujer, y al mismo tiempo a Casio, uno de sus alféreces, a quien ha nombrado su lugarteniente. Uno de los más fieles subordinados se siente frustrado al haber sido preterido. Se trata de Yago.  Rumiando su situación, elabora un sutil procedimiento de venganza despertando los celos de su caudillo e involucrando en el enredo a Rodrigo, su confidente y amigo. El drama se vuelve torbellino que desemboca en tragedia con la muerte de Desdémona y del propio Otelo.

Yago, superviviente, se plantea ahora, en una traslación moderna de la mano de Cabrera y del Teatro La República, la verosimilitud de lo que la historia cuenta y la corrección de su actitud. ¿Es realmente culpable, a tenor de los parámetros actuales, o la presunción de inocencia debe ampararle hasta que el veredicto se produzca por parte de la justicia, que el adaptador delega en el público asistente?

Una opción original por cuanto en cada programa de mano se incorpora una papeleta de votación que el espectador puede introducir en un buzón. Recurso que estimula la atención al desarrollo argumental, y la atención a las sucesivas extrapolaciones interpretativas del protagonista, que se desdobla una y otra vez en los principales personajes de la trama.

Colaboran con él Rubén Sánchez y su violín, respaldando con diferentes melodías los momentos álgidos de la acción y, en algunos casos, personificando verbalmente a determinados personajes. El montaje es inquietante, con un constante desplazamiento de mesas metálicas que componen diferentes figuraciones alusivas al estado de ánimo de los protagonistas. La dirección de Nacho Cabrera resulta eficaz, consiguiendo extraer las esencias intelectuales y emocionales de la pieza.

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