Vicente Franco Gil / Licenciado en Derecho

Mujeres que faltaron el 8-M

Vicente Franco Gil

El 8 de marzo es una jornada de lucha feminista mundial, un día de huelga de participación intergeneracional. Además de faltar aquellas mujeres asesinadas por hombres unidos o desunidos a ellas por medio de una variada relación de afectividad, se ausentaron también otras mujeres que nunca vieron la luz, por considerar sus propias madres que, el que no nacieran, era su derecho.

Un logro muy destacado, o mejor dicho un infortunio asaltado, y más significativo que abandera el histórico movimiento feminista es el aborto, un triunfo ostentoso en medio de la guerra de sexos. A pesar de que esta luctuosa práctica, muy industrializada y lucrativa actualmente, no se contempla en ninguna declaración de derechos humanos vigente, hoy muchas mujeres gestantes se arrogan el privilegio de resolver el destino de sus hijos negándoles la vida.

En los últimos treinta años, más del 48% de los nacimientos españoles corresponden a mujeres. Si aplicamos este porcentaje a los abortos practicados voluntariamente en España en los mismos años, (refiriéndonos únicamente a los datos oficiales del Ministerio competente), podemos concluir que son aproximadamente 1.100.700 las mujeres que han sido abortadas. Este hecho constituye desde el año 2002 una de las principales causas de mortalidad de mujeres en España, con unos 48.500 abortos practicados cada año.

Los medios de comunicación informan pormenorizadamente de las mujeres que son víctimas de la violencia procedente de hombres, sobre todo sus muertes, ilustrándonos con estadísticas exhaustivas. Sin embargo, la cantidad de abortos voluntarios fruto también de la violencia, pues en la mayoría de los casos el feto es troceado y succionado del vientre materno, se deslizan de forma inadvertida.

Por supuesto que es condenable y reprobable la violencia que sufren las mujeres por hombres. Pero fieles a la verdad, debe ser reprochable y censurable también todo tipo de violencia, venga de donde venga, que provoque lesiones o cause la muerte a cualquier ser humano. A pesar de que nuestra Constitución establece en el artículo 15 el derecho que todos tienen a la vida y a la integridad física y moral, el concebido pero no nacido como ser humano vivo es ignorado. Es más, existe un nutrido elenco legislativo vigente que “puentea”, hábilmente y sin reservas, esta delicada cuestión permitiendo la muerte legal de aquellos. Estos son los avances del S.XXI.

Con todo, ¿qué ser humano tiene derecho de “propiedad” sobre otro igual? Está claro que en ningún caso el hombre lo tiene respecto de la mujer; pero ¿y ésta en periodo de gestación respecto de sus hijos? Este 8-M miles de mujeres no pudieron asistir a una manifestación mundialmente declarada porque sus muertes se anticiparon, deliberadamente, en el seno materno de sus madres.

Un buen antídoto para no impulsar la violencia, en general, es tener una educación temprana en la familia, esa institución universal anterior al Estado en la que no deben penetrar colores políticos ni discursos sectarios, la cual ha sido vilmente atacada desde el Olimpo moral del progreso ideológico contaminante. Cuando se crece en una ambiente de amor esponsal, alejado de egoísmos e individualismos, donde reina la paz, el compromiso, la comprensión, la humildad, la escucha y el perdón, es difícil que se engendre odio hacia los demás.

Quizá la excesiva banalización de las relaciones humanas, el impulso inhumano de la promiscuidad, el fácil acceso a la pornografía, y la abyecta ideología de género plena de llamativos y delirantes fundamentos elevados a la categoría de dogmas, han encontrado en la violencia hacia la mujer, hacia los ancianos, hacia nuestros hijos y entre adolescentes el fruto de un germen inicuo cosechado, al haber hecho de la dignidad humana el estercolero de nuestros desahogos.

Puede ser que, al hilo de esta lectura, alguna feminista o algún feministo, pues con el lenguaje inclusivo (¿?) ahora existen vocablos cuya inexistente semántica abarcan todos los gustos y maneras, pudieran pensar que el que suscribe destila algún efluvio misógino. Nada más lejos de mi intención. Ante todo doy gracias a mis padres por haberme concebido, y muy especialmente a mi madre (mujer) por haberme gestado y posteriormente parido. Doy gracias por estar felizmente casado con mi esposa (mujer), una persona de valores incalculables. Y doy gracias por tener dos hijas (mujeres) que son las niñas de mis ojos.

La consideración y el respeto entre el hombre y la mujer deben ser de trato por igual, en derechos y obligaciones, porque en el principio de los tiempos fuimos creados libres con idéntica dignidad para complementarnos entre sí, y no para odiarnos mutuamente como parece ser que, algún movimiento doctrinario y radical, últimamente pretende fomentar.

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