‘Maudie, el color de la vida’: Para gustos los colores

Ya sabrán muchos de ustedes que llevamos varias semanas haciendo el podcast de habladecine y les tengo que confesar que cuando terminamos de grabarlo me encuentro sobreexcitado. Supongo que serán los nervios, la novedad, la ilusión y por supuesto el calor que hace, pero el caso es que al terminar me noto acelerado, con la boca seca y necesito tomar algo frío. Así que este pasado lunes, cuando salimos del estudio, me fui al Callejón de la Música para tomarme algún que otro gin tonic que me refrescara y me relajara al mismo tiempo. El primero me duró menos que un botellín de agua a Nadal en Australia, pero el segundo ya lo saboreé desde el inicio y fue mediado el tercero cuando empecé a fijarme en algo más que el fondo de la copa. Me llamó la atención que en el otro extremo de la barra se encontraba llorando una chavalita adolescente que tomaba un té con hielo y, como estábamos prácticamente solos, no pude evitar acercarme para ver si necesitaba algún tipo de ayuda. “Perdona”, le dije a media voz para no sobresaltarla, “¿te encuentras bien?”. “Sí…bueno, no mucho. Vengo con mis padres del médico. Nos han dicho que tengo artritis reumatoide y que ya no podré ir más al colegio. Me tendré que quedar en casa de mis padres encerrada”.

Yo no soy médico, pero trabajo codo con codo con ellos y sé que la artritis reumatoide es una enfermedad muy engorrosa pero no para que suponga un confinamiento, así que me atreví a decírselo. “¡No te preocupes, mujer! La medicina avanza a toda velocidad y seguro que hay alguna manera…” “Sí, ya lo sé”, me interrumpió. “Estamos empezando el siglo XX y no quiero ni imaginarme qué hubiera sido de mí hace 50 años, a mediados del XIX, pero es que se me junta con otras cosas, como podrás comprobar tu mismo”, comentó señalando cierta deformidad en las extremidades. “De todas formas en el colegio no tengo amigos y me hacen la vida imposible, así que no debería importarme irme de allí” Conforme procesaba lo que me estaba diciendo miré a mi alrededor para ver si pasaba algo, si había cámaras ocultas, pero no. Todo estaba en orden. Pedro estaba trasteando en el ordenador seleccionando música y aparte de nosotros dos solo había un cliente habitual sentado en una mesa y mandando mensajes con el móvil. Reparé en que el vestuario de la chica resultaba extraño para una joven y para la temperatura que teníamos afuera, pero como ya no me sorprende nada de la rebeldía juvenil, no le había dado importancia.

Pero esto en seguida se me pasa”, continuó hablando con mucha calma y dejando que pasara el tiempo entre frase y frase. “Soy una persona muy alegre, optimista, que trata de sacar el lado positivo de todas las cosas, así que estoy pensando que en casa tendré más tiempo para hacer lo que me gusta que es pintar. Eso me ayudará a evadirme.” y se quedó en silencio apurando su taza de té. Yo estaba un poco aturdido porque me di cuenta de que mientras ella había dicho esto y se había bebido una taza, yo me había tomado dos copas más y habían pasado tres cuartos de hora. Era muy extraño porque el tiempo transcurría muy despacio, sin que pasaran cosas, pero por el contrario me sentía cómodo, a gusto y disfrutando de la conversación y de la historia que me estaba contando.

Un instante después, o quizás diez minutos más tarde rompí el silencio animado por el alcohol consumido y traté de reforzar su ánimo. “¡Me parece fabuloso lo de que pintes! Igual hasta te haces famosa. ¿Quién te dice a ti que tus cuadros no van a ser muy apreciados? Imagínate que hasta Donald Trump te encarga que le pintes alguno. Y dentro de unos años hacen una película sobre tu vida. Podría interpretarla Sally Hawkins, la de “Blue Jasmine” que te pareces un poco. Incluso si la enfermedad fuera a más podría lucirse con tu personaje y componer uno de esos trabajos que tanto gustan a la hora de dar premios. Cogemos un buen compañero, no sé, alguien como Ethan Hawke que lo mismo da vida a un chaval de 30 años como a un viejo gruñón, machista y amargado, que fuera enamorándose de ti a su manera, poco a poco, y ya tenemos un dramón”

La chica escondió una sonrisa antes de decirme que le parecía un señor muy extraño y gracioso a la vez. Que le hablaba de cosas que no entendía y de personas que no conocía, pero que le gustaba estar conmigo. Me excusé para ir al baño y de camino una pareja que estaba tomando notas me paró y me dijo que querían hablar conmigo. “Soy Sherry White, guionista canadiense” me dijo. “Y creo que podría plasmar muy bien lo que ha estado hablando con la joven en la barra”. “Aisling me ayudaría a llevarla a la pantalla”, me comentó mientras señalaba a lo que me pareció un señor disfrazado de señora, “ y después…”. “Perdona, Sherry, pero de verdad que necesito ir al baño. En seguida vuelvo y hablamos”

Los pocos minutos que estuve en el baño me dieron para soñar con plantearle a esta pareja la necesidad de acompañar la historia con una estupenda fotografía que reforzara la alegría del colorido de los futuros cuadros de nuestra protagonista y una banda sonora con temas interpretados por voces femeninas, dulces pero poderosas, pero cuando salí ya no estaban ni la pareja, ni la chica de la barra, ni siquiera el cliente habitual que chateaba con su móvil. Solo Pedro dejó de trastear en el ordenador para empezar a prepararme otro gin tonic. “La película de hoy te ha dejado tocado, Santi. Has venido muy raro y muy blandito”.

Texto: Santi Abad.

LO MEJOR: Sally Hawkins y Ethan Hawke

LO PEOR: Le sobran 20 minutos.

VALORACION:

Fotografía: 9

Banda Sonora: 8

Interpretación: 9

Guión: 7

Dirección: 7

Satisfacción personal: 6

NOTA FINAL: 7,66

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