La cara oculta de la labor policial

Sería muy fácil empezar esta reseña hablando del buen momento que vive el cine de suspense en este nuestro país, de la magnífica cosecha de buenos títulos que poco a poco van llegando a nuestras carteleras, de la brillante y magnífica situación del cine patrio,… ¡Un momento! ¡Sería muy fácil hacerlo y de hecho lo estoy haciendo! Ya saben, soy bastante flojo y para qué me voy a complicar la existencia en pensar. Para eso ya hay gente en esta misma redacción, a los cuales adoro hasta la extenuación a pesar de que sólo salga diez minutos al día para pasear y ver la luz del sol. Eso de tener que clasificar todos los fotogramas de las pelis que tenemos en el archivo, no acabo de verlo muy claro. No sé si alguna vez les comenté que soy el becario.

Y entrando en materia, el título ya me da un poco de grima. Aún tengo recuerdos funestos de un título de similar nombre (Sólo Dios perdona, 2013 Nicolas Winding Refn) en el que más que darme qué pensar, me dio dolor de estómago. Aquí, afortunadamente, se aleja diametralmente de la propuesta que nos hizo el director danés, y se presenta un trabajo muy bien dirigido por Rodrigo Sorogoyen, donde nos muestra el lado más amargo y oscuro de la labor policial, tan alabada e idealizada en tantas y tantas series y que aquí se aleja del buenismo oficial.

Dura, inflexible, se va forjando golpe a golpe, a fuego lento como el guiso que la abuela nos hacía, dejando que todo vaya soltando su jugo, para terminar con un contundente producto que refleja la cara oculta de una Policía que alguna que otra vez, ha de bordear la legalidad en pos de nuestra seguridad. Desagradable, en ocasiones muy desagradable, me han contado que, con matices, había quien reconocía en la historia la misma historia de su familia. Pero sin llegar a los crímenes, ¡claro está!

Otro punto merece el duelo interpretativo entre De la Torre y Roberto Álamo que interpretan a una pareja de compañeros de la Brigada de Homicidios donde, con personalidades dispares, han de trabajar juntos.

Madrid, agosto de 2011. La ciudad es un caos. Por si no fuera poco con el calor asfixiante, las calles de la capital están invadidas por el millón de peregrinos que ha acudido a ver al Papa Benedicto XVI y además están los ciudadanos que se han movilizado con el movimiento 15-M.

En mitad de este Madrid de pesadilla alguien está asesinando a señoras mayores aunque, en principio, nadie lo admita. Los encargados de investigar el caso son Velarde (Antonio de la Torre) y Alfaro (Roberto Álamo), dos policías algo disfuncionales, el primero tartamudo y el segundo con ciertos problemas de control de la ira. Los dos policías deberán atrapar a este asesino en serie, y hacerlo de manera discreta. Pero la presión y la carrera contra reloj les hará darse cuenta de una verdad terrible: quizá ninguno de los dos es tan distinto del criminal al que persiguen.

Rodrigo Sorogoyen (Stockholm) dirige este thriller policíaco que ha co-escrito junto a Isabel Peña (Frágiles). Antonio de la Torre (Tarde para la ira, La isla mínima, Canibal) y Roberto Álamo (Incidencias, La Piel que Habito) encabezan un reparto en el que también encontramos a Mónica López (Carlos, Rey Emperador), Ciro Miró (Nadie quiere la noche), Raúl Prieto (Nos veremos en el infierno) y María Ballesteros (De chica en chica).

Texto: Fran Camacho.

Lo mejor: La lenta cocción, a fuego lento, como los platos que nos guisaban nuestras abuelas para terminar con la contundencia de un plato de la cocina española.

Lo peor: ¿Se está encasillando Antonio de la Torre en personajes “peculiares”?

VALORACIÓN:

Fotografía: 9

Banda Sonora: 7

Interpretación: 9

Dirección: 8

Guión: 7

Satisfacción: 7

NOTA FINAL: 7,50

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