Los peones de la Guerra Fría

No hay un deporte menos apasionante cinematográficamente hablando que el ajedrez… Bueno claro, si consideramos deporte el ajedrez y si nos olvidamos del “curling”. Quizás por esta razón escasean las películas que tienen a este juego como eje central de su trama, y por eso también es de agradecer que en el “El caso Fischer”, su director, Edward Zwick, haya optado por alejarse de la narración de una partida de ajedrez con los detalles de cada uno de los movimientos de las piezas sobre el tablero y, en su lugar haya elegido por contar la llamada “partida del siglo” en términos de confrontación cuasi-bélica, algo a lo que, si echamos un vistazo rápido a su filmografía, nos tiene acostumbrados el realizador de “Tiempos de gloria” o “Diamante de sangre”.

El caso Fischer” cuenta la historia del enfrentamiento entre el jugador soviético Boris Spassky y Bobby Fischer en Reikiavik, la capital de Islandia durante el verano de 1972. Spassky se había proclamado campeón mundial de ajedrez en 1969 y Fischer, que se había desprendido de la etiqueta de “niño prodigio” después de prestigiosas victorias en torneos internacionales durante los años 60, optaba por primera vez al título mundial. Fischer fue la primera figura mediática del ajedrez en los Estados Unidos, tanto por sus celebrados triunfos como por su comportamiento excéntrico y paranoide. Hasta entonces el juego que traslada estrategias del campo de batalla al tablero no había despertado gran interés entre la opinión pública norteamericana, pero la personalidad de Fischer unido al momento histórico propiciaron el interés por el ajedrez no sólo en su país natal sino en todo el mundo.

Los Estados Unidos atravesaban una época convulsa: la impopular guerra de Vietnam, los primeros indicios del caso Watergate y el telón de la guerra fría hacían necesario un héroe que pusiese de manifiesto la hegemonía internacional del país norteamericano, y el joven Fischer con su lucha por el título mundial de ajedrez se lo puso en bandeja a Nixon, popularmente conocido como “Tricky” Dicky (algo así como Ricardito “el tramposo”) años antes de que estallara el célebre escándalo que le obligó a dimitir.

La película de Zwick se centra en esos meses en los que se disputaron las veinte partidas que dilucidaban la supremacía mundial entre el soviético y el norteamericano, pero para llegar allí inicia un camino que se asemeja a cualquier biopic al uso, y que nos permite comprender el extraño comportamiento de Bobby Fischer. Desde el flash-back inicial, el guión de Steven Knight nos enseña cómo se va conformando la excéntrica personalidad de este genial jugador haciendo especial hincapié en la relación del ajedrecista con su madre durante su infancia y adolescencia. Los miedos y paranoias que ella sufría (estaba vigilada por el FBI a causa de su activismo político) se los transmitió a su hijo junto con una gran inteligencia.

Knight, que tiene en su haber guiones de películas como “Promesas del Este”, la interesante “Locke”, que también dirigió, o de series como “Peaky Blinders”, firma un guión sin fisuras que consigue despertar el interés por una figura olvidada hoy en día, a la que aporta las necesarias dosis de “malditismo” combinadas en su justa medida con la empatía que despierta un personaje frágil y vulnerable como el Bobby Fischer que compone Tobey Maguire. El guionista de “Aliados”, de reciente y morbosa actualidad, recrea a la perfección ese ambiente de paranoia en el que vivía el mundo desde los comienzos de la guerra fría y lo ejemplifica en dos personajes reales, uno protagonista, el propio Fischer, y otro que sólo se menciona, pero cuya sombra alargada se extiende por todo el film, Richard Nixon, que ya había ejercido de ayudante del senador McCarthy durante la “caza de brujas”.

La expresión “The pawn sacrifice” a la que hace alusión el título original de la película hace referencia a una jugada de ajedrez en la que se sacrifica un peón, la ficha que menos facultades tiene, y aparentemente la menos valiosa, en aras de una estrategia o interés prioritarios. Por cierto, desafortunado el título con el que se ha comercializado la película en nuestro país, que lleva a pensar en una historia policíaca o de espionaje. Parece como si la obsesión del protagonista del filme se hubiese trasladado a los distribuidores, y viesen agentes secretos y tramas de espías donde no las hay. La película de Zwick no muestra a Fischer y Spassky como agentes al servicio de su país para conseguir información del otro bando, pero sí como peones dentro de la partida de la política internacional, utilizados respectivamente por Nixon/Kissinger y por Brezhnev/Kosygin. El film también explora la diferencia de tratamiento que en aquellos años daban al ajedrez los soviéticos (era un deporte nacional, con connotaciones políticas y con un gran equipo técnico y de apoyo a los jugadores) y americanos que hasta entonces no habían prestado atención a este juego (tampoco lo han vuelto a hacer).

Tobey Maguire transmite al espectador esa angustia de la que era cautivo Bobby Fischer, esa genialidad cercana a la locura, a partir de una serie de gestos característicos del ajedrecista perfectamente estudiados por el actor, que trascienden a la mera imitación o a la caricatura, y que permiten atisbar en su interior. Todos los detalles de su vida anterior a la llamada “partida del siglo”, como la especial relación con su madre, su carácter autodidacta o las enseñanzas de su primer maestro, son una forma de prepararse para ese momento.

Zwick se detiene en describir cómo se vivieron esas partidas del título mundial de ajedrez desde dentro, como afectaba el entorno al juego desplegado por ambos contendientes. A Fischer le molestaban pequeños ruidos como los motores de las cámaras de tv y cine que retransmitían las partidas para todo el mundo e hizo que se jugase una partida en un sótano del edificio, aislados, sin público. Es posible que incida demasiado en el tono efectista y grandilocuente del comportamiento de Bobby Fischer y que se encuentren similitudes entre determinadas escenas que tratan de mostrar su carácter paranoico y esquizoide y aquellas de “El aviador”, el biopic de Howard Hughes dirigido por Martin Scorsese, en las que se hacían patentes los estragos de esos trastornos de la personalidad en el excéntrico millonario, pero el retrato de ese hombre genial y brillante, y al mismo tiempo complejo, patético y contradictorio resulta atractivo para el espectador.

Sin embargo, la grandeza de un personaje se mide en muchas ocasiones por la de su oponente, y éste, Spassky, no está bien dibujado en “El caso Fischer”. Liev Schreiber hace un buen trabajo, no cabe duda, pero el derrumbe psicológico de su personaje no está tan claro como la evolución de su contrincante. La guerra de nervios, las presiones a las que son sometidos ambos jugadores tienen desencadenantes distintos, y en el caso del jugador soviético no están bien descritos, aunque se intuye que la genialidad de Fischer que le llevó a poner en práctica estrategias nada convencionales y por tanto inesperadas para Spassky, fue la que provocó que éste empezara también a dar señales de ciertos desequilibrios.

Texto: Alberto Garrido.

LO MEJOR: La caracterización que lleva a cabo Tobey Maguire, que aproxima la compleja personalidad de Fischer al espectador, y despierta en éste la curiosidad por conocer más detalles sobre el personaje.

LO PEOR: Cierta confusión en la narración de los acontecimientos previos a disputar el Campeonato del Mundo en Reikiavik.

VALORACIÓN:

Fotografía: 5

Banda Sonora: 6

Interpretaciones: 6

Dirección: 5

Guión: 7

Satisfacción: 6

NOTA FINAL: 5,8

 

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