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Sábado, 23 de septiembre de 2017
Zaragoza
David Salvador

15/4/2009

La aragonesa María Domínguez, mucho más que la primera mujer alcaldesa en España
Quizá el nombre no sea tan conocido pero forma parte de la historia democrática de España. A principios de siglo, luchó por emancipar a la mujer, ilustrar a la población rural y por un futuro más justo. Tanto reivindicó que Franco, al principio de la dictadura, la silenció para siempre. Por cierto, María era aragonesa, de la Ribera Alta.
María está enterrada bajo un ciprés en el cementerio de Fuendejalón
María está enterrada bajo un ciprés en el cementerio de Fuendejalón

Zaragoza.- Construir la sociedad desde la educación. Este tópico socialista y universal fue el principio que rigió la vida de la aragonesa María Domínguez, una mujer fundamental que se erigió en la primera alcaldesa democrática de España, dirigiendo el Ayuntamiento de Gallur de julio de 1932 a febrero de 1933. No obstante, este hecho, importante pero anecdótico, no tendría que concentrar los logros de esta aragonesa para entrar en la historia reciente de España, pues su vida es la historia de la lucha por un ideal social, por conseguir salir del folclorismo rural de un pueblo pequeño para predicar en el desierto, por cambiar el rol de esposa y madre y convertirse, por ejemplo, en una de las primeras mujeres en escribir en periódicos nacionales. Quizá, el ser alcaldesa fue la única aventura por la que realmente no luchó.

La sombra de su figura es (aunque tendría que serlo más) alargada y ahora, por ejemplo, el Ayuntamiento de Zaragoza pondrá su nombre a una de las calles de la capital, dentro del proyecto de remodelación de nombres franquistas impuesto por la Ley de la Memoria Histórica. El nombre de la aragonesa presidirá la actual calle General Monasterio, en el barrio del Picarral. Además de coronar la escuela municipal de Gallur y una de sus calles, otras organizaciones llevan el apodo de la primera alcaldesa, como la Fundación María Domínguez de Zaragoza, del PSOE, o la Asociación de Mujeres María Domínguez de Gallur, que ha cogido el testigo del trabajo comunitario y en pro de las mujeres. Asimismo, la Diputación de Zaragoza le concedió en 1999 la medalla de oro de Santa Isabel a título póstumo.

Todas estas dedicatorias, ínfimas comparadas con las que han recibido otras figuras quizá de menor importancia, prueban el trabajo y la labor de María, una intelectual comprometida salida de una familia tradicional de un pequeño pueblo del Campo de Borja (nació en Pozuelo de Aragón en abril de 1882). Se formó autodidactamente y ya en su adolescencia escribía en periódicos locales. Atada a un marido impuesto y a la sumisión consiguiente, logró alcanzar un nivel cultural importante, suficiente para codearse con las grandes firmas femeninas del momento, tales como Concha Espina o Clara Campoamor. Representó el mejor ejemplo de superación personal y de amor colectivo, un ejemplo a la altura de los más grandes mártires del socialismo. Pero María nació en Aragón....

María Domínguez Remón era la segunda y última hija de una modesta familia campesina. Como todos los niños, trabajó pronto, vendimiando, espigando, arrancando trigo o cebada, cualquier labor que ayudase a la economía familiar. La educación estaba en manos de los municipios, que no tenían casi dinero. Ella, no obstante, se escapaba cuando podía a leer, recibiendo críticas de su madre por hacer cosas “poco femeninas”. Así pasó la juventud, hasta que sus padres le concertaron un matrimonio, algo normal entonces para incrementar las haciendas.

María, obviamente, no estaba hecha para esa situación y, tras siete años de malos tratos, huyó por el monte con el dinero que le prestó una amiga. Su destino: Barcelona, una gran ciudad donde esconderse. Sin documentación, ni títulos, ni papeles, tuvo que trabajar de sirvienta, pero su estancia en la capital catalana le sirvió para acabar de fraguarse intelectualmente y concienciarse a favor de la República.

"No tengo que ser esclava de nadie"

Su marido la denunció basándose en una ley que obligaba a la mujer a estar siempre en el hogar y el gobernador civil de Zaragoza firmó la orden de búsqueda y detención. La policía no consiguió devolverla, hecho que sí consiguió su familia. Y así lo hizo pero, habiendo ahorrado dinero, rompió su matrimonio y se fue a vivir sola. “No tengo que ser esclava de nadie”, decía.

María murió fusilada a principios de la dictadura

Se compró una máquina de hacer medias y sobrevivió autónomamente en un ambiente rural, prejuicioso y nada afable. El pueblo estaba conmocionado mientras ella reivindicaba su feminismo y republicanismo, demostrando que una mujer podía subsistir sola. La necesidad de sobrevivir le había hecho fuerte por dentro. Comenzó a leer y escribir asiduamente, ganándose el recelo de sus convecinos. Con 32 años dejó a un lado el miedo a hacer públicas sus expresiones y envió un comentario a El País. Lo publicaron, cogió confianza y le aconsejaron que enviara más al Ideal de Aragón, órgano de expresión del recién creado Partido Republicano Autónomo Aragonés. Poco a poco, fue multiplicando sus escritos y ganándose un nombre, aunque seguía subsistiendo del trabajo manual en otros menesteres. Escribía de las libertades republicanas, de la moral imperante y del urgente fomento de la instrucción de las mujeres.

Fruto de su trabajo literario, su círculo de conocidos aumentaba y le llegaron ofertas para dar clases y dirigir una escuela en Navarra. Aunque estaba preparada, ella reconocía que no sabía la regla de tres y tuvo que ir a casa de un maestro amigo para aprender a enseñar, lo que le hacía caminar cuatro kilómetros dos veces al día. En ese periodo, la suerte fue esquiva con María y cayó enferma varias veces, lo que le privó de seguir con su vida intelectual. Decepcionada, volvió con sus padres al pueblo y los problemas con los vecinos se reiniciaron. A principios de los años 20 murió su marido; ya era libre. Tenía 44 años.

Tomó con cautela casarse otra vez, pero finalmente lo hizo en Zaragoza. En 1926, la iglesia de San Gil fue testigo de su unión con Arturo Romanos, también nativo de Pozuelo, pero que había hecho carrera de esquilador en Gallur. Arturo era progresista, compartía la pasión por difundir las ideas del socialismo y María estaba feliz. Así, se mudó a Gallur, ciudad importante, industrializada, un contexto más acorde con la vida que querían llevar. Una vez instalada, María dio clases particulares a niños, confeccionó colchas y siguió escribiendo.

A mediados de los años 20, ella se definía como socialista y no dejaba la escritura. Desde sus escritos en el seminario Vida Nueva defendía la República “de la vieja política”, combatía a “los enemigos de la democracia”, pregonaba por el papel activo de la mujer y denunciaba las injusticias cercanas. “Consagro mi vida a la República y no desmayaré aun cuando sufra desengaños”, decía. Complementando a su actividad literaria, y dentro de un todo combativo, María y su marido organizaron la sección sindical de la UGT, el sindicato socialista, antes de que finalizara la dictadura de Primo de Rivera.

María Domínguez nació en Pozuelo de Aragón

En 1932, Gallur estaba en crisis y el gobernador civil de Zaragoza, consciente del peso adquirido por esa pueblerina ilustrada, llamó a María para presidir la comisión gestora que debía sustituir a la corporación municipal. Ella dudó, no tenía el respaldo de todos sus compañeros socialistas. No obstante, el 28 de julio de 1932 asumió el mandato, con el objetivo puesto en la educación que a ella se le había privado. María creía que la instrucción era el medio para reformar y modernizar la sociedad, por lo que buscó un lugar digno donde los niños dieran clase, obviamente, con erario público.

El 6 de febrero de 1933 tuvo que dimitir del cargo por una ley aprobada en el Congreso que sustituía las comisiones gestoras creadas con carácter transitorio. Se marchó satisfecha de su labor, pero desilusionada y cansada de tanta censura a sus desvelos por el municipio. Entonces, dejó la política activa y se centró en su familia. No abandonó sus ideas, pero aquí se pierde su pista. Nada más se sabe, salvo que un 7 de septiembre de 1936, vecinos de Fuendejalón la vieron descender de un camión con tres hombres más. Desde entonces, yace al pie de un ciprés en el cementerio de la localidad borjana. Tenía 54 años. Dicen que la persona que les iba a enterrar tuvo un último acto de “bondad” y sepultó a María en un lugar separado. Seguro que el gesto, por machista, no le habría gustado...

Una feminista convencida

María Domínguez predicó la igualdad de sexos en un momento donde el rol de la mujer era de esposa y madre. Comentaba: “sólo una constante labor de propaganda feminista podría llevar a buen término el proyecto de conseguir la igualdad entre sexos”. A partir de la II República, la gente se empezó a tomar en serio que la mujer pudiera ocupar puestos del hombre y fueron algunas nacidas burguesas o de clase media las que abanderaron la conquista. María fue de las primeras en llegar ahí desde el medio rural, sin estudios y sin medios económicos.

En sus múltiples discursos, analizó la condición de la mujer a lo largo de la historia, “oprimida desde tiempo inmemorial por el hombre y por la Iglesia”. Contra esto, María sólo veía una solución: educación e instrucción. Y el socialismo era un régimen que podía ayudarlas, creía, en su afán por superarse. Por extensión, apostaba por mejorar las condiciones de vida del ser humano, tanto hombres como féminas, pero concluía una y otra vez que las más sufridas eran y habían sido ellas.

El colegio de Gallur también lleva el nombre de la ilustre aragonesa

Fue de las primeras personas en postularse a favor de una primitiva Ley del Divorcio y del derecho de voto de la mujer, que otros izquierdistas criticaban porque decían que no lo sabrían utilizar o votarían a las derechas. Creía en compatibilizar los roles de mujer y madre con los de representante política, y pedía que el hombre asumiera parte de su culpa para con las mujeres y que ayudará a equiparar la situación. Unos discursos, todos ellos, muy avanzados para el contexto en el que le tocó vivir.

Su devenir político, aunque siempre en la izquierda, viró levemente durante su vida del republicanismo al socialismo. Al final, fue devota de la nueva figura de las izquierdas en España, de Pablo Iglesias. También es verdad que no cambió mucho sus ideales para hacerse socialista, ya que coincidían en la necesidad de erradicar la monarquía, modernizar el Estado, separarlo de la Iglesia, y de incentivar la cultura y el desarrollo educativo. El leitmotiv de su vida.

No obstante, nunca se afilió a ningún partido, quizá porque sus discursos directos, dando a los oyentes lo que pedían, se alejaban de la clase política, más entregada a las cuestiones estratégicas. Trabajó siempre junto al pueblo, participando de sus conversaciones, intentado cambiar de raíz la realidad, educando a través del habla. María decía: “A través de la difusión de la cultura a cualquier nivel es posible la transformación de la sociedad”. Lo intentó, y Franco la silenció.