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Miércoles, 18 de octubre de 2017
Tribuna Digital
José Luis Mateos Barrionuevo

21/9/2017

Oferta y demanda

La economía española actual –por lo menos teóricamente- está basada en la economía libre de mercado. Esa economía que, como dejó bien claro Adam Smith (1723-1790), tiene sus pilares en la ley de la oferta y la demanda. Es decir, que es preciso sacar al mercado un producto que la gente reclame. Visto así, todo parece muy sencillo. No se venderá algo que no se desea. Por el contrario, todo lo que el personal necesita desaparecerá enseguida en manos de los consumidores (entendidos estos en sentido amplio).

Pues bien. Esto, que es la Biblia de la Economía, realmente nunca ha sido así, pero ahora quizás menos que nunca. Con los cambios sociales últimamente ocurridos gracias a la mal llamada crisis económica –aunque la verdad es que hubo cambios económicos porque habían comenzado a producirse los cambios sociales- ya habían tomado la delantera los motivos de riqueza personal. Estos son ahora los motores reales de la economía. Da igual que un producto se venda o no. Si hay motivos de poder lo suficientemente fuerte, el producto tendrá éxito. El vendedor ya obtendrá ganancias extra-económicas por otros caminos más o menos espurios.

Tenemos un terreno, y gracias a las recalificaciones que se consiguen gracias a los amiguetes políticos, ya está aquí el gran negocio, el pelotazo. Pero es que todo funciona así. Lo mismo los concursos a subasta de una empresa, que un puesto de trabajo. Se me dirá que siempre ha sido así. Pero es que los contactos son ya casi los únicos medios para abrirse paso en la vida. Sin contactos estas aviado. Antes había una cosa llamada oposiciones, en las que el meritoriaje tenía allí su ocasión. Ahora hay quien propone el “curriculum ciego”, donde los examinadores o selectores de personal no tengan delante ni foto, ni edad, ni sexo. Si esto saliera adelante –ya se encargarán de que no salga– sería un gran paso adelante para una sociedad mejor y más justa.

Los productos triunfadores serían así los mejores, porque no existiría en adelante la obsolescencia programada, esa que hace que se fabriquen elementos que no durarían en condiciones más allá de dos años. Así, hasta ahora, aumenta la producción a base de repetir el proceso a los dos años (o así). Ya sabemos, “no le compensa arreglarlo, le va a salir mejor otro nuevo, que además tiene más prestaciones”. Unas prestaciones que no las va a emplear nunca, pero así se encarece el precio. Hoy compensa hacer las cosas mal, pues duran menos. Y a comprar nuevamente. No es la excelencia que subyace detrás de la ley de la oferta y la demanda la que marca la pauta de nuestra economía. Evidentemente no siempre es así.

Pero no se puede esperar mucho más en una sociedad en la que los que mandan en casi todos los ámbitos no son precisamente los mejores.
                                     


* Escritor, historiador y médico