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Jueves, 20 de septiembre de 2018
Tribuna Digital

19/8/2018

De Hemingway y del conde de Romanones

Antonio Coscollar Santaliestra

Antes de la guerra contra Napoleón, en Zaragoza se conservaban doscientos palacios. Pasada la guerra, de toda aquella memoria, mucha labrada en piedra, solo quedó una veintena. Los ingleses jamás vieron aquella guerra como una lucha por la independencia de España. Para ellos, la “guerra peninsular” fue el escenario donde dirimir sus conflictos con Francia. Proteger el suelo inglés fue siempre su divisa, y eso hicieron.

Había entonces dos formas de entender España, dos formas que dividieron a la población en dos frentes. En un lado los “patriotas” y en el otro los “afrancesados”. Goya se identificó con los afrancesados, y lo fue de corazón hasta que los horrores de la guerra lo acercaron al frente contrario, pues el corazón de don Francisco descubrió razones que su razón no podía aceptar. Ahora bien, si apartáramos de nuestra mente la imagen del francés invasor y del inglés oportunista, ¿qué España veríamos entonces? Veríamos, una vez más, el escenario de otra guerra civil.

En Afganistán, los talibanes dinamitaron los gigantescos budas que los siglos y las piedras (sedimento cultural) habían depositado en la memoria de los hombres. Si en España hiciéramos lo mismo, veríamos en ruinas la Alhambra de Granada, la mezquita de Córdoba y también la Aljafería de Zaragoza.

Lo cierto es que parte de la Guerra de la Independencia se dirimió en las calles de Zaragoza y se cebó con la población y con la memoria impresa en la piedra de aquellos hermosos palacios.

Durante la Transición, Álvaro de Laiglesia, buen conocedor de estas Españas, pedía variar nuestras costumbres y no demoler monumentos ni modificar los nombres de las calles, ya porque el país cambiara de régimen, ya porque cambiara el nombre del partido en el gobierno. Bastaría, decía Álvaro de Laiglesia, con seguir los consejos de Ernest Hemingway y del conde de Romanones. A Hemingway no le importaba que otros se ocuparan de los nombres, siempre y cuando a él le dejaran los adjetivos. De igual modo, al conde de Romanones nada le importaba que otros redactaran las leyes si a él le dejaban desarrollar los reglamentos. Dicho de otro modo, si hoy tal calle llevara el nombre de don Fulano de Tal, conocido como don Fulano el virtuoso, mañana, con un gobierno de signo contrario, sería don Fulano el corrupto(r) y más adelante don Fulano el libertino.
 


* Maestro de escuela
11
comentarios
  • 11|Rubén dijo
    Si ya lo decía mi abuelo, para todo hay
  • 10|Fer dijo
    No, pero no te preocupes que nombre con dictadores de calles de otros países sí que tendremos
  • 9|Vicky C. dijo
    Qué se le va a hacer, la vida es así, unos hacen y otros deshacen
  • 8|Rachel dijo
    De verdad que la gente actúa por impulsos sin ni siquiera saber por qué lo hacen, falta de ideología
  • 7|Tarín dijo
    los adjetivos lo dicen todo de las personas, con eso me quedo
  • 6|Pedro dijo
    Volvemos al régimen de la tiranía con estas gentes que nos gobiernan
  • 5|Santi O. dijo
    ya se sabe que cambiar de partido político en este país es como cambiar de régimen
  • 4|Julián Ochoa dijo
    lo de fulano el corruptor, viene ni que al pelo
  • 3|Tomás A. dijo
    Ni más ni menos, tal y como lo dice, seguro que nos cargaríamos la Alhambra, la Aljafería y todo lo que se nos pusiera por delante
  • 2|Menchu dijo
    La Ley de Memoria Histórica es lo que tiene, qué se le va a hacer
  • 1|Merche dijo
    cuánta razón, en fin, lo de cambiar el nombre de las calles es todo un despropósito
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