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Sábado, 21 de julio de 2018
Tribuna Digital

12/7/2018

Solsticio de cuerda y viento

Luis Iribarren

Teruel, Gallur y Jaca, entre otros municipios, celebran sus fiestas con el solsticio de verano o en sus inmediaciones. Los músicos aragoneses afinan sus instrumentos para hacernos felices como cada verano, para provocar sentidos reencuentros.

Esos bailes en que los resumes todo tu año a la amiga que te enseñó a bailar. Con un tipo de complicidad que nunca tendrás con ninguna de tus parejas.

Porque a los 13 años debiste aprender a hacerlo o el resto del año las perderías y no las verías en los pub de Jaca más que de lejos, saliendo con los que tenían cinco años más. Como en el caso del inglés, la iniciación al baile tiene un innegable componente de necesidad, orgullo herido y capacidad de adaptación.

Enamorado del mar yo nací…

Se cantaba en la montaña por los hijos de la posguerra que no habían ni visto el llano…

Los músicos aragoneses afinan sus instrumentos y su sueño. Deben cargar sus baterías pese al día corto, pues se les avecina un verano y veranillos de servicio a la unidad de la memoria. Esas conversaciones en los pasodobles que hacen Aragón, porque se tienen con los aragoneses emigrados, con las aragonesas amadas por alemanes, bercianos o zufarienses nacidos en París.

Es 1967 y los hermanos Ríos, en Belver de Cinca, se despiden de sus mujeres y familiares. Van a vivir en la carretera, siempre mirando hacia el norte. Les espera un largo verano de tocar yeyé por los Sírex y de recoger bártulos. De dormir de patrona y comer de pensión. La sopera llena de cocido o de chiretas para que repitan lo que quieran, como en la fonda de Labuerda. A probar de todo el vino rancio que les ofrezcan de cada cuba en cada pueblo de la montaña.

Si me preguntas a dónde voy y si tú quieres saber quién soy… piensa que es fácil adivinar…

Es 1954 y señor Aquilino ha recibido en invierno por Idarsa (la resonante compañía de autobuses Hispano Ansotana) las partituras que le mandaban otros músicos militares desde Huesca. Son habaneras con casitas de papel, los corridos de la Revolución de Aguilar extrañamente no censurados y las partituras que entretejen en lino las músicas de Machín y Negrete.

Las que nos enseñaba a la rondalla que formaba en Berdún de pulso y púa. Las que han provocado que en La Habana y Ciudad de México yo me sienta en el bar de Domínguez de Berdún.

Las han ensayado con el día corto José de Nasa, Arturo de Laplaza, sus propios hijos y él mismo… Las han ejecutado en el baile de cada domingo al que no dejaban entrar a las niñas que se cosían sus vestidos Ava Gadner… Las ha cantado, las escritas por José Alfredo Jiménez, Esteban de Mamés a base de dos de pecho. Si su vida se hubiera cruzado con la de alguien en Jaca, quizá hubiera sido otro Gayarre o Fleta, un pastor macizo al que las notas le salían de la base de la vara de boj…

Si nos dejan… De todo lo demás nos olvidamos… Nos vamos a vivir un mundo nuevo…

Es agosto y en los pueblos de 40 casas no se pueden pagar músicos de fuera. Tienen que ir los de los más grandes del contorno. A Majones, Fago o Huértalo, con 30 niños en cada escuela cuyos espíritus vagan por Barcelona o Francia, irán ellos.

Por la comida pero, sobre todo, por el vino tienen que cantar jotas por la mañana, acompañar en misa, tocar habaneras y mexicanas por la tarde, y por esas virguerías que solo Aquilino conseguía, son capaces de marcarse el “Santander” de Guardiola en la sesión de noche, la de 8 a 10. Porque las fiestas eran de día. Comen como un senegalés sale de Dakar para nunca volver, como para aguantar tres meses de pan, mostillo y nanas de cebolla.

En las fiestas de Mediano, que no solo era una torre emergida de un pantano, don José María Campo Puértolas y sus apóstoles, la Orquesta Sobrarbe, se arrancaban el mismo día a cantar su himno…

La higuera se secó y echó las raíces fuera…

Lo mismo acontecía en Corbalán, lo mismo en Josa o Grisel. Había un autoconsumo de música para festejar la cosecha o el primer mosto.

Mañana, que es ya hoy, comienza ese nuevo ciclo de felicidad que las máquinas, las discomóviles, no van a poder llenar igual. Esperamos que nuestros descendientes tampoco sean ciborg ni bailen exclusivamente el “No rompas más”… Que aprendan de memoria buenas coplas y boleros.

Se avecina ese momento en que Aragón se estira como levantándose de una noche de buen sueño. En que mide 20 centímetros más en cada pasodoble bien bailado de aquéllos que nunca lo hacen en Madrid, Molins de Rey, París o… San Francisco…

En Zaragoza, alternaremos esta escuela de vida renovada con el pulso y calidad de los músicos populares y no tanto que me deleitan en el oasis Ragtime. Ese espacio musical donde entro en un club de los años 30 y 40 y puedo esperarlo todo. Así como cantar las canciones de mi infancia barrida por mi madre, cuando la mandaba callar porque me avergonzaba lo bien que las entonaba…

Si puedes tú con Dios hablar…

Dedicado a todos los músicos y actores aragoneses, los mejores conocedores de nuestro antiguo país. Especialmente a Cristina y Pepe, ellos saben por qué (y tiene relación con habernos hecho felices cada Feria de Berdún). Del mismo modo, al maestro Domingo, Sarasate pasado por Rembrandt en el Ragtime…


* Licenciado en Derecho
8
comentarios
  • 8|Txema dijo
    Qué recuerdos esos veranos de fiesta en fiesta y de pueblo en pueblo. Las mejores verbenas eran las de antes...
  • 7|D N dijo
    Estar en agosto en la ciudad es insufrible!
  • 6|vero dijo
    No sabéis cuánto me fastidia no tener pueblo... Creo que me he perdido demasiadas cosas! Me acuerdo cuando era más joven y volvían mis amigos de pasar todo el verano por sus respectivos pueblos, qué envidia me daban!
  • 5|Francis dijo
    Ojalá dejarán disfrutar a nuestros niños del verano. Ya vale de deberes y cuadernos absurdos...
  • 4|Olga Muñoz dijo
    poco ha cambiado la cosa, desde que tengo recuerdos siempre hemos tenido la típica orquesta en el pueblo para fiestas, da igual qué edad tengas, siempre se disfruta
  • 3|Lupe dijo
    Qué vida la de artista de pueblo, cuántas anécdotas tienen que guardar en sus maletas
  • 2|Antonio dijo
    Si es que los mejores veranos son los que se pasan en el pueblo con las orquestas y los bingos de las fiestas
  • 1|Teresita dijo
    Pues sí, son los mejores años y de los que más recuerdos se tienen
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