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Sábado, 10 de diciembre de 2016
Tribuna Digital

20/1/2014

Wagner y Verdi (o viceversa)

Juana Bonafé

Aún muy recientes los homenajes y recuerdos a estos dos grandísimos músicos, celebrados en las salas de conciertos y teatros de todo el mundo, haré lo propio desde esta tribuna, un poco al margen de las entregas publicadas hasta ahora dedicadas a la literatura y la música.

Wagner y Verdi compartieron época y también su modo de expresión en el arte: la ópera. El primero nace en Leipzig el 22 de mayo de 1813 para morir en Venecia el 13 de febrero de 1883 y Giuseppe Verdi vio la luz en Roncole, provincia de Parma entonces bajo denominación francesa, el 10 de octubre del mismo año que su colega alemán, falleciendo en Milán el 27 de enero de 1901. Se puede decir que sus vidas transcurrieron en paralelo, aunque el músico alemán, de carácter muy diferente al del italiano, supo guiar su personalidad extrovertida y emprendedora hacia el éxito inmediato de todas sus producciones musicales y teatrales, no sin pasar por numerosas vicisitudes antes de conseguir su primer triunfo en los escenarios con Rienzi y poco después con El buque fantasma. Wagner escribe él mismo los textos de sus óperas, con lo que su parte literaria sirve de soporte a la musical y al revés, convirtiéndose, de este modo, en un autor completo. No así sucede con Verdi, quien siempre contó con la ayuda de sus libretistas, sin que ello suponga un menoscabo en el resultado de su obra, que es muy importante y que marca un cambio de estilo en la ópera italiana, sumergida hasta entonces en el belcantismo, a veces un tanto edulcorado. Con Verdi aparece el drama con un carácter más realista y bronco, y que en sus últimas óperas -Macbeth, Otello o Falstaff- se va abocando hacia un verismo aún incipiente.

Precisamente en estas obras es ya evidente la influencia de Wagner, admirado y envidiado por el operista italiano. Al fin y al cabo, ambos músicos cultivan el movimiento romántico, aunque de formas distintas: Wagner es un místico de expresión oscura a excepción de solo dos títulos: Los Maestros cantores de Nüremberg y Lohengrin, dentro de su ingente producción, y en cambio Verdi aborda el romanticismo con una efusión inmediata y un entusiasmo llevado al límite, muy a la italiana del XIX a partir de su segunda mitad.

Wagner se educó durante su infancia dentro de un ambiente culto; su padre era escribano y su madre cantante, casada en segundas nupcias con el pintor, actor y poeta Ludwig Geyer cuando Richard contaba solo seis meses de edad y a quien se atribuye la auténtica paternidad del bebé, futuro gran compositor. En cambio Verdi nace en el seno una familia modesta; su padre regentaba un despacho de vinos ayudado por su esposa, pero el industrial Antonio Barezzi, proveedor de la taberna de los Verdi y muy aficionado a la música, vio en le pequeño Giuseppe grandes aptitudes para este arte y le hizo aprender las primeras nociones con el organista de su pueblo; a los 10 años Verdi ya sustituía a su maestro al órgano. Tras años de intensos estudios, siempre apoyado por su mecenas, el músico logra ser reconocido, al menos como director, al hacerse cargo del podio del Teatro Melodramático de Milán para el oratorio La Creación de Haydn. Su desgraciada vida familiar a causa de la muerte de su esposa y sus dos hijos le hizo caer en una fuerte depresión, lo que le hizo pensar en abandonar la música. Afortunadamente el empresario Merelli, su gran amigo, le animó para que escribiese Nabucco, la historia del pueblo hebreo oprimido, tal y como se encontraba entonces la situación de su región en Italia; Verdi no lo dudó y desde entonces el famoso coro de su ópera se convirtió en el himno liberador e independentista del país. A partir de ahí, la popularidad de Verdi fue imparable y junto a Wagner -la de éste conseguida de manera bien distinta- le hizo alcanzar la estatura de mito. Dos autores que son la cara y la cruz de la misma moneda: el arte de la creación musical para el teatro.


* Comentarista musical y colaboradora en COPE
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