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Domingo, 24 de marzo de 2019
Cartas al director

7/10/2013

El Cid Campeador y las recreaciones históricas: ¿Mito o realidad? ¿Héroe o villano?

Con la proliferación de las recreaciones históricas, como sucede por ejemplo en Aragón, entre las que dejaremos aparte las alusivas a la Guerra de la Independencia y Guerra Civil, están surgiendo algunas dudas sobre su historicidad, motivo que fundamentalmente las justifica, independientemente de su finalidad turística o simplemente de participación ciudadana.

El fin de semana medieval de Rubielos de Mora, las Alfonsadas en Calatayud, el Homenaje a Guillem de Montrodón en Monzón, las Jornadas Fernandinas de Sos del Rey Católico, la Vulcanalia en Mara, el Regreso del Comendador en Mas de las Matas, la Subida a la Encomienda de Alfambra, Juan Palomo el último morisco de Gea de Albarracín y otras que se nos escapan a la memoria en estos momentos, cuentan con elementos históricos demostrables; las Bodas de Isabel de Segura recrea en una parte la historia de los Amantes de Teruel, aunque también en parte su leyenda; y la Leyenda de Zaida, en Cella, es pura invención.

Hemos dejado aparte varias representaciones relacionadas con el Cid Campeador, como en el Poyo del Cid, Monforte de Moyuela y Montalbán, donde su base histórica pende de un hilo, literalmente, como demostraremos a continuación. El Cid Campeador, en realidad Rodrigo Díaz, nacido en Vivar (¿?-1099), fue un noble castellano del siglo XI, cuya historia conocemos principalmente por las descripciones del Cantar de Mío Cid, poema épico medieval escrito en castellano. Sus tensas relaciones políticas en la corte castellana le llevaron a otros Reinos o territorios peninsulares en busca de fortuna, acompañado de un ejército personal, muy habitual en su época. Su forma de vida, a partir de entonces, se constituye de las rapiñas que logra a su paso y de la venta de su brazo como mercenario para algunos gobernantes musulmanes, como el de Saraqusta (Zaragoza).

En el primero de los casos, el robo sistemático, fuera voluntario (“parias” o pagos) o forzado, venía acompañado por todo tipo de vejaciones a la población que resultaba asediada, llegando en ocasiones a quemar poblaciones enteras, como sucedió con aquellos que se resistieron a sus incursiones. En el segundo de los casos, el Cid fue pagado por los musulmanes y luchó contra algunos ejércitos cristianos en plena “reconquista”. Éste es el caso de su lucha contra el ejército aragonés, entre otros. También luchó contra los propios musulmanes, como en la conocida y fugaz conquista de Valencia, a causa de su riqueza que pretendía como botín, y que por cierto no realizó sólo, contando con la ayuda de huestes de diferentes Reinos, como el caso de Aragón.

Nadie duda de que este personaje sea considerado un gran guerrero, e incluso un héroe para algunos, como los castellanos, además de un mito literario a través del Cantar de Mío Cid, pero dudo mucho que en Aragón y otros territorios peninsulares se pueda considerar como tal, a causa del dolor y destrucción que causó a tales territorios y a la población de su época.

Respecto al camino que se ha interpretado del propio Cid, se conocen algunos trayectos e incluso poblaciones por las que posiblemente pasó, con diferente fortuna y daño, lo que desde luego no garantiza que la ruta turística actual tenga mucho que ver con su trayectoria original. Desde su muerte en 1099 a 1207, fecha de la copia del Cantar que se conserva, hay más de 100 años de diferencia, y además el Cantar es un ejercicio literario, con todo tipo de licencias (por ejemplo cita Teruel, Monreal o Cetina como poblaciones por las que pasó el Campeador, cuando no existían todavía).

Por si fuera poco, los cambios en el paisaje, caminos y topónimos han sido demasiados tras nueve siglos de historia, lo que no permite asegurar la identificación de parte de los lugares citados en el Cantar, de corresponderse con las rutas originales del Cid. Ni siquiera el territorio tiene huellas de su paso. Analizando un espacio tan amplio como la actual provincia de Teruel, existen dos poblaciones cuyo topónimo hace referencia al Cid, suponiendo que así sea, pues “cid” proviene del árabe “sidi”, que en realidad significa “señor”, tratamiento habitual en la Edad Media. Estas poblaciones son el Poyo del Cid y la Iglesuela del Cid. Sin embargo ninguna de ellas consta con el apelativo “Cid” en la documentación histórica que se conserva, adquiriendo el mismo, en el caso del Poyo, en la segunda mitad del siglo XIX; y en el caso de la Iglesuela con posterioridad al siglo XVIII. Poco que ver, por tanto, con la figura histórica del Campeador.

Pero el problema es aún mayor. La definición actual de la historia de España se produce a principios del siglo XX, a través de dos intelectuales, que en realidad eran filólogos, no historiadores: Marcelino Menéndez Pelayo, asturiano, y Ramón Menéndez Pidal, gallego. Su concepción de nuestra historia fue sencilla: destacar unos hechos y personajes como ejes de la historia de España, que en realidad lo eran de Castilla, obviando tanto lo navarro como lo aragonés: Don Pelayo, el Cid Campeador, Alfonso X el Sabio e Isabel la católica, a los que se unirían diferentes conquistadores de América y algunos de los emperadores Habsburgo, más conocidos como los Austrias.

Esta concepción de nuestra historia se afianzó tras los 39 años de Franquismo, dictadura que retomó y potenció estos mismos valores. De esta forma la huella de estos personajes históricos ha sido exagerada en sus acciones, hasta casi mitificarla, modelo que en el caso del Cid llega a su máxima expresión, al considerarse el héroe prototípico de la Edad Media, como ya denunció el gran medievalista aragonés Antonio Ubieto. Excepción hecha, claro, de que en el período medieval España no existía como tal, y en su lugar había tres Reinos o países, que posteriormente la formarán: Castilla, Aragón y Navarra. Así reza, todavía, junto a León, el escudo actual de España.

¿Dónde está entonces la victoria de unos pastores pirenaicos sobre el ejército de Carlomagno narrada en la Canción de Roldán? ¿Las grandes conquistas de tantos reyes aragoneses como Alfonso I el Batallador, Alfonso II el Casto o Jaime I el Conquistador? ¿Dónde ha quedado la conquista aragonesa del Mediterráneo? ¿A dónde han ido los almogávares que vivían en nuestras montañas? o ¿Qué ha sido del Gran Maestre, Juan Fernández de Heredia, auténtico crisol de nuestra cultura? ¿Y de la curiosa historia del Papa Luna?, ¿Y de nuestros Fueros, los más avanzados de la Europa medieval?

Como suelo decirle a mis alumnos “los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla, una, y otra, y otra, y otra vez… con los mismos errores que cometieron”. Entiendo que cada uno elija, libremente, aquello que considere más importante, incluso históricamente, con intención de mostrarlo, pero nadie ha demostrado hasta ahora que el Cid pasara por el Poyo, Monforte o Montalbán. Lo que sí se ha demostrado es que allí por donde pasaba robaba, mataba, violaba e incluso llegó a quemar enteras algunas poblaciones, lo que, sinceramente, no sé qué es peor.

Imagínense ahora, por un instante, que los antiguos moradores de estas tres poblaciones revivieran en plenas celebraciones del Cid, viendo escandalizados cómo sus descendientes homenajean y vanaglorian a un hombre cruel y sin escrúpulos, que tomaba por la fuerza aquello que se le antojaba. ¿Qué pensarían?, ¿Podrían entender algo?

Desconociendo nuestra historia estamos condenados al fracaso, y de ahí que nuestra caótica situación empeore cada día, pues Aragón se ve privado de una parte importante de su historia y patrimonio, como los bienes del Aragón Oriental retenidos ilegalmente en Cataluña; los murales de Sigena, que un día aparecieron en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, sin explicación alguna; al igual que nos ningunean con intentos continuos e inexplicables de catalanización, como si la lengua catalana formase parte de Aragón; nos amenazan constantemente con los trasvases, como si nos sobrase el agua; o nos olvidan frecuentemente con el castellanismo centralista que nos domina actualmente (todavía recuerdo el famoso “Teruel Existe”), y que nos ha granjeado la miseria en inversiones del Estado que cae, a veces, por nuestra tierra.

Aún con toda la historia fascinante que tenemos nadie dice que no se hagan fiestas sobre el Cid, pero ¿no debería mostrarse en ellas cómo fue históricamente, un señor feudal cruel y sanguinario con los aragoneses? Héroe, quizás para algunos; mito, puede que también; pero para cualquier aragonés, indudablemente villano.


Juan José Barragán

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