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Martes, 22 de agosto de 2017
Tribuna Digital

13/9/2013

Síndrome de Hubris

José Luis Galar

Me interesan bastante los temas que tienen que ver con el comportamiento humano desde el punto de vista de la psicología y la psiquiatría, aunque puntualizo que no tengo más formación que la adquirida en unos estudios de psicología social realizados y la que viene de haber invertido tiempo en lecturas y conversaciones con expertos para dotar a algunos personajes de mis novelas de personalidades psicológicamente complejas, concretamente en una inédita que guardo en el cajón.

Una de las parcelas que más me interesan es la de la percepción y más aún la de la percepción que uno tiene sobre sí mismo. Hay de todo. Pero hay un tipo que es realmente curioso y que puede acabar derivando en el llamado síndrome de Hubris. Siempre me ha llamado la atención y por eso la he volcado en uno de los personajes.

Por no extenderme demasiado decir que su nombre procede de la antigüedad, concretamente de Grecia, y suele afectar a aquellas personas que cargan sobre sus hombros responsabilidades de diversa naturaleza. Según expertos, el alcance del síndrome depende del nivel de las mismas y de la configuración psicológica del individuo; también está claro que el Hubris no afecta a todas las personas que asumen responsabilidades.

Parece ser que el citado síndrome consta de tres fases: la primera es la duda del sujeto sobre si será capaz de llevar a cabo esa responsabilidad. Este escollo lo salva con la felicitación del orfeón que le rodea, las palmadas en la espalda y las exageraciones sobre su capacidad real. Resultado: la duda inicial se disuelve.

La segunda fase es que el coro que le arropa (interesado en sacar algún beneficio personal, supongo) ya no solo aplaude su capacidad, sino que le convencen de que es una suerte y un lujo que sea su persona quien esté ahí, porque de otra forma todo sería un desastre. Resultado: el sujeto toma decisiones descabelladas (quizá no todas) y habla de cosas sobre las que no sabe como si fuera un oráculo (quizá no siempre).

Tercera fase: el individuo desarrolla un trastorno paranoide, en diferentes grados dependiendo de las circunstancias, llegando a creer que cualquiera que se opone a sus ideas es por cuestiones espurias, nunca por motivos fundados en que sus ideas son delirantes, inapropiadas y totalmente inconvenientes.

El Hubris en Grecia era un mal que podía, quizá solía, aquejar a los héroes… pero tenía un antídoto: la Némesis, que consistía en devolver al héroe a su condición de simple mortal a través del fracaso.

Quizá si observamos con atención podamos comprobar empíricamente que no hay que irse a gentes con grandes responsabilidades, bastan tal vez las cotidianas, para distinguir las trazas del síndrome de Hubris en algunas personas. Desde comportamientos en equipos deportivos infantiles… hasta donde ustedes quieran llegar.


* Escritor (sígueme en twitter @jlgalar)
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