Entrevista Severino Pallaruelo
Severino Pallaruelo fue
mi profesor de historia y geografía
hace cinco años, cuando yo iba al instituto. Cuando le
llamé para concertar
la entrevista, su
voz me sonó igual de
cercana que si le
hubiera visto la
semana anterior. Es
curioso comprobar
cómo, con el paso
del tiempo, éste
discurre cada vez
más rápido, sin que
nos demos cuenta… En
eso Severino
coincidía conmigo.
“Parece que fuera
ayer cuando te daba
clase”, exclamaba.
Sin embargo, no me
sorprendió esa
vitalidad que tiene
al hablar, de
cualquier cosa.
Porque el recuerdo
que guardaba de él,
dando clase frente a
un muchas veces
desganado alumnado,
era así. Vehemente,
emocionado al
hablar, incluso tras
25 años hablando de
la desamortización
de Mendizábal. Casi
teatral. Con él la
historia se
convertía en
película, porque el
interés y las
inquietudes que
tenía las transmitía
a quienes
escuchábamos.
Nació en un
pueblecito del Valle
de Añisclo en 1954,
y es un “enamorado”
de la zona
pirenaica, de donde
se nutre para
escribir la mayoría
de sus libros.
Algunas de su obras
más destacados son
“Viaje por los
Pirineos misteriosos
de Aragón”, su
primer libro;
“Pastores del
Pirineo”, premio
Nacional Marqués de
Lozoya; Bardaxi, que
relata la historia
de una familia noble
aragonesa a través
de varias
generaciones; “Guía
del Pirineo
Aragonés”; “José, un
hombre de los
Pirineos”, editado
por Prames; “Los
molinos del Alto
Aragón”.
También es coautor
de “Maestros del
agua”, que recibió
el premio Ramón
Pignatelli. Además,
ha publicado dos
libros de relatos,
“Pirineos, tristes
montes”, y “Un
secreto y otros
cuentos”.
Historiador,
antropólogo y
escritor, además de
profesor de
instituto, yo le
recordaré como una
de las personas más
curiosas y con más
capacidad de
transmitir la pasión
que siente por lo
que hace que he
conocido. Algo que
me parece
imprescindible si
queremos vivir la
vida como tal. Creo
que esa es la mejor
lección que aprendí
con él.
En esta entrevista
me interesaba
conocer su visión
sobre la situación
del artesano en
Aragón, además de su
labor como escritor
y profesor.
PREGUNTA.- ¿De dónde
te viene esta
curiosidad por lo
aragonés y, en
especial, por los
Pirineos?
RESPUESTA.- Creo que
me viene de la
infancia que viví.
He tenido la suerte
de conocer dos
mundos absolutamente
diferentes. Yo nací
y me crié en una
aldea pirenaica de
50 personas donde
vivíamos como lo
hicieron nuestros
tatarabuelos. No
creo que viera
ninguna rueda, ni un
teléfono, antes de
los seis años.
Luego, el contraste
fue tan grande, al
conocer la sociedad
que conocí después,
que me producía una
impresión muy
fuerte. Me parecía
que aquel mundo que
había visto
desaparecer tenía
que recogerlo de
alguna forma. Y creo
que gran parte de mi
interés por la
etnografía, por el
paisaje pirenaico,
por su arquitectura,
por las costumbres
de la zona…, tiene
que ver con el hecho
de saber que nací en
un mundo que ha
desaparecido.
P.- ¿Qué tienen lo
Pirineos que no
tengan otros sitios?
R.- Bueno, a parte
de aquello que acabo
de comentarte,
tienen montañas más
altas que las que
pueda haber en las
demás Comunidades
Autónomas o
glaciares
inexistentes en
cualquiera de éstas,
pero poco más.
Porque luego te vas
percatando de que
muchas de las
particularidades que
creías únicas de tu
aldea las puedes
encontrar en otros
lugares con
geografía parecida.
Porque la gente allí
tuvo que responder a
unas necesidades
similares.
Esta similitud de
los Pirineos no se
da sólo con respecto
a la geografía
española. También
existe con el
paisaje de otros
países mediterráneos
en general. Las
formas de vivir y de
trabajar allí son
tremendamente
parecidas.
P.- ¿Son realmente
tristes los
Pirineos?
R.- No, no creo que
sean más o menos
tristes que otros
mundos rurales u
otras montañas. Lo
que ocurre es que
como con frecuencia
de la montaña se
presenta sólo lo
espléndido, lo
verde, la frescura
de los prados, los
bosques…, yo había
muy de cerca cómo
era la vida en las
aldeas. Por eso
tenía muchas ganas
de contar ese
aspecto de la vida
pirenaica que ha
sido poco reflejada.
Esa es la razón por
la que titulé un
libro mío “Pirineos,
tristes montes”,
pero no creo que lo
sean más que otras
zonas rurales en
decadencia.
Simplemente quise
hacer referencia a
la nostalgia y
tristeza que me
produce la
desaparición de ese
mundo.
P.- ¿Puede
conciliarse lo
tradicional con la
invasión que estamos
sufriendo por parte
de las nuevas
tecnologías?
R.- Creo que son
absolutamente
irreconciliables. Ni
tampoco hay que
intentarlo. Lo
tradicional yo lo
entiendo como una
forma de trabajar,
de vida en sociedad,
en familia, que
llevaba siglos
funcionando así.
Antes la vida era
extraordinariamente
dura.
Ahora las cosas han
cambiado mucho. La
tecnología permite
explotar otros
recursos además de
la tierra, que era
la única fuente de
riqueza en el
pasado. La
comunicación ha
hecho cambiar todo.
Por tanto, la
tradición que
organizaba la casa,
las relaciones, los
patrimonios
agrícolas y
ganaderos, etc, no
sirve para estos
momentos.
Es decir, que se han
venido a bajo todas
esa instituciones.
Pero no lo lamento,
porque creo que el
cambio ha sido
bueno. La tecnología
ha matado todo lo
anterior, pero
también nos ha hecho
ser más libres y
creo que también más
felices.
P.- ¿No cree
entonces que, de
unos años a esta
parte, se está dando
un resurgir de los
valores
tradicionales
aragoneses?
R.- Sí, esto suele
pasar siempre.
Desaparece una
manera de vivir. Y
quienes no la han
conocido
directamente o
algunos que la
conocieron muy bien
miran con añoranza
el tiempo pasado, en
busca de unas raíces
y de una cultura… y
se fijan en estas
cosas cuando ya
están medio muertas.
Entonces, sí que
creo que en los
últimos años se ha
dado un resurgir de
todo este mundo.
Pero este interés
tiene más que ver
con la afición, con
la diversión o con
la búsqueda de las
raíces, y no tanto
con algo realmente
vivo. Es decir que
se procura
reconstruir ese
mundo.
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