Lunes

Lunes

Trabajo en un gran edificio de oficinas. En cada planta hay una empresa. La mía se dedica a la exportación de mochilas, pero hay otra de venta de jamones por teléfono, otra es una gestoría y así hasta completar casi todas las plantas.

Lo bueno de trabajar en un edificio tan grande es que coincides con gente en el ascensor y de vez en cuando hasta te alegras la vista. Yo le había echado el ojo a un chico muy guapo de unas plantas más arriba que la mía. Me miraba, me sonreía y hasta me decía “hasta luego” cuando salía del ascensor. Las cosas como son, lo tenía en el bote. Pero lo que tenía de guapo, lo tenía de tímido. Por eso nunca se atrevía a decirme nada más, aunque estuviéramos sólos en el ascensor. Mi sueño era que nos quedáramos atascados. Sí, que el gran cajón de metal tuviera una avería y estuviéramos durante horas hablando de nuestras cosas. Estoy segura que cuando vinieran a rescatarnos nos pillarían colocándonos la ropa y el peinado.

El lunes pasado salí corriendo de casa. Odio madrugar y los lunes. Cuando ambas cosas coinciden, de manera más habitual de lo que me gustaría, salgo de casa rezando para que el autobús no llegue tarde. Ese día tuve suerte y lo cogí a la hora. Estaba sentada en el único asiento libre y vi una gran gota de café manchando mi pantalón blanco. El abrigo la había ocultado hasta ese momento. Con cara de pocos amigos y promentiéndome a mí misma no volver a tomar café vi otra gotita en mi jersey. No era un trozo de tela cualquiera, era mi jersey favorito. Contuve las ganas de echarme a llorar allí mismo con una pataleta y esperé paciente a que el vehículo hiciera su recorrido. Y lo hizo, tanto que lo hizo. Cuando me quise dar cuenta me había pasado dos paradas de la mía. Total, que o corría o llegaba tarde a la oficina. Opté por la opción A). Si volvía a llegar tarde seguro que me habrían puesto una falta. Ni que llegar tarde casi cada lunes fuera un delito. Me da que a mi jefe tampoco le gustan los lunes.

Sin aliento llamé al ascensor y justo cuando acababa de apretar el botón, apareció mi vecino. Sí, ese chico tan guapo que aún no sé en qué planta trabaja. Total, que le ofrecí mi mejor “buenos días” a tiempo que él me respondía mirándome el escote. Ruborizada bajé la mirada y cuando vi la mancha de café aún me puse de color más rojo. Precisamente ese día me tenía que cruzar con él. No, si cuando le tengo manía a los lunes es por algo.

Ya en el ascensor, los dos solitos, de repente se paró. Y al igual que en mis sueños, nuestras miradas se cruzaron. A tiempo que yo suspiraba él maldecía con un lenguaje poco apropiado para un chico tan guapo.

Dos horas me pasé encerrada en ese maldito ascensor. Dos horas en las que me tuve que tragar el humor de perros de un chico que no es tan guapo. Se pasó todos y cada uno de los minutos llamando por teléfono. Primero a la recepción del edificio. La amable señorita le suplicó que dejara de tocar el botón, que ya se había enterado todo el edificio que alguien se había quedado atascado. Luego llamó a su secretaria, a su jefe y a no se cuántos clientes para pedirles disculpas con una voz adorable. Nada que ver con el tono que ponía mientras marcaba.

¿Y yo? Yo tirada en una esquina de la caja metálica llorando de dolor porque al quedarme quieta se me había enfriado en tobillo. Y no se podía haber quedado en un simple traspiés cuando corría hacia el trabajo, no. Me había hecho un esguince.

El mejor momento fue cuando salí del ascensor. Ahí estaba, el bombero más guapo que había visto nunca. Estaba al corriente de mi esguince gracias a mi compañero de celda. Me ayudó a salir del ascensor y con unas manos suaves, aunque un poco frías, me quitó el zapato de tacón. En ese momento me sentí como cenicienta. Nuestras miradas se cruzaron a tiempo que me preguntaba dónde me dolía. Yo intentaba darle conversación, sabía que justo en ese momento estaba naciendo una bonita historia de amor.

Todo eso pasó el lunes. Odio los lunes. Y madrugar. Y los vecinos guapos de no sé que planta. ¡Ah! Y también a los bomberos. Sí, también a ellos. Porque justo cuando me iba a ayudar a ponerme en pie, momento crucial ya que en mi imaginación me abrazaba y no me soltaba. Bueno, justo en ese momento, llamó “Cariño” para decirle que su pequeño se había caído en el colegio y que si podía ir él a buscarle.

Y yo aquí estoy, en mi sofá. Con el pijama puesto y una venda en el tobillo. La parte positiva es que mi madre se ha pasado unos días a vivir conmigo para ayudarme con las tareas de la casa y para hacerme compañía. La parte negativa son sus comentarios. “Hija, a ver si te echas un novio guapo, aquí estás tú muy sola. Mira, mi amiga Mari tiene un hijo que es bombero, a ver si le digo que te lo presente”.