Villa Condado

Villa Condado

Cuenta la leyenda que había un gato justiciero. El animal vivía en una pequeña aldea rodeada de montañas y muy lejana a cualquier otro lugar habitado.

Cada lunes doce salía de caza. Localizaba al ser miserable del lugar. Le miraba fijamente a los ojos a las doce de la mañana, salvo si hacía mucho calor, en cuyo caso se esperaba hasta el atardecer. Y a las doce en punto de la noche, después de reposar la cena, atacaba.

Entraba en casa del malechor de turno. Y lo último que éste veía era una bola de pelo negra abalanzarse sobre él. Le mordía y desgarraba la garganta. Una cosa era matar y otra molestar a los vecinos. Después le sacaba los ojos. Con el cuerpo ya inerte le hacía una raja de arriba hacia abajo. Dejando a la vista sus entrañas. Finalmente, mordía su corazón y se lo arrancaba, dejándolo encima del trozo de carne en que se había convertido una mala persona.

Feliz por el trabajo bien hecho, andaba hasta casa. Un lugar que nadie conocía. Allí se limpiaba durante horas la sangre hasta caer dormido de agotamiento.

Al día siguiente el pueblo amanecía dividido. Por un lado, los familiares del fallecido lloraban la pérdida y por el otro las personas afectadas por la maldad del individuo respiraban con alivio.

Con el paso de los años la aldea cambió su nombre de Villa Condado a Villa Bondad. Y como si de una utopía se tratara, todos los habitantes vivían en paz y armonía. Por las calles paseaban a sus anchas gatos negros. Y las personas del lugar les alimentaban en agradecimiento a un gato negro que limpió de maldad una pequeña aldea.