Isla desierta

Isla desierta

Laura abre los ojos. Los cierra. Le ha parecido ver el mar. Ella se acostó en la cama, no puede estar durmiendo al lado del mar. Siente el olor a salitre mientras escucha el sonido de las olas. Mueve la mano que tiene debajo de la cabeza. Siente el tacto áspero de la arena. Está soñando. Muy despacio abre los ojos. El mar está ahí, a tan solo unos metros de su rostro.

Lentamente se incorpora. Mira a su alrededor. Solo ve palmeras, agua y arena. Se pellizca el brazo. Duele. ¿Será verdad que está en una isla desierta? Va vestida con el pijama con el que se acostó la noche anterior. No lleva el mejor atuendo para estar en una soleada isla. Nadie le dijo que se iba a despertar ahí.

Lentamente se acerca al agua. Siempre ha leído que cuando piensas que estás soñando si te pellizcas y te duele no es un sueño. A ella le ha dolido. Pero sigue dudando de la realidad que ven sus ojos. El agua está caliente. ¡Claro! Tiene que ir al baño. Por eso sueña con agua. En 3, 2, 1 se despertará con la cama mojada. Cierra los ojos.

Abre los ojos. Sigue en la isla. ¿Por qué está ahí? ¿Cómo ha llegado? ¿Cuánto tiempo va a permanecer en ese hermoso lugar? Porque mira que la isla es bonita. Se deja llevar por la belleza del agua verde azulada. Levanta la mirada y en un punto muy lejano, el agua se junta con el cielo. Un cielo azul claro y sin nubes. En lo más alto ve el sol. Parpadea porque nota dolor en los ojos. Se gira y ve un grupo de grandes palmeras tan sólo unos metros más allá. No hay ni rastro de animales ni vida humana.

Espera. Tampoco están las tres cosas que se llevaría a una isla desierta. Nadie le preguntó qué quería llevarse. Tal vez por eso no tenga ninguna pertenencia allí. Intenta averiguar por qué está en ese maravilloso lugar. Cierra los ojos para concentrarse y escucha el vaivén de las olas. Empieza a hacer mucho calor para el pijama de manga larga. Con un ágil movimiento se desnuda.

Poco a poco se mete en agua caliente. Las olas le besan los pies desnudos. ¿Y si aparece alguien? Ríe en voz alta. ¿Quién va a aparecer? Está en una isla desierta. El sonido de su voz se confunde con el rumor del agua, que ya le llega a mitad del muslo. Una ola tras otra le besan sus partes más íntimas, el culo, la cadera. Y así hasta llegar a su pecho. Agradece el tacto húmedo, caliente y a la vez refrescante. Se sumerge entera y el agua le acaricia la cara y el pelo. Con los ojos abiertos fuera del agua se siente como una modelo de bikinis. Ríe por la tontería. Su cuerpo está lejos del de las modelos de las revistas que hojea en la peluquería.

Inspira profundamente mientras intenta recordar la última vez que sintió tanta paz interior. Le cuesta visualizar cuándo tuvo un ataque de risa. Tampoco es capaz de recordar la vida que tenía cuando se acostó en la cama la noche anterior. Sólo siente paz interior. Juega con las olas como una niña pequeña. Salta, grita, ríe. Es feliz y se está divirtiendo. Sabe que es un sueño, cada minuto que pasa lo tiene más claro. Le da igual. Va a mantener los ojos bien abiertos para no despertarse.

Pipipi pipipi. ¿Y ese pitido de dónde sale? Pipipi pipipi. Le resulta familiar. ¿Dónde lo ha oído antes?

—Mamá me he dormido ¿Me llevas al Instituto?

No puede ser, su hija no estaba en la isla.

— Cariño, acuérdate de recoger la ropa de la tintorería antes de irte a trabajar. Necesito el traje para mañana. ¡Ah! Y no me esperes despierta esta noche, llegaré tarde. Tengo una reunión.

¡Horror! La isla se desvanece. Ya no nota la calidez del agua.

—¡Mamá! Mi hermana me ha llamado guarro porque le he chupado la cara. ¡Ay! Me ha tirado del pelo. ¡Yo no soy un chivato! ¡Mamá!

Laura abre los ojos. El despertador le da los buenos días a su manera, marcando las 7:30 y con el sonido repetitivo. Pipipi pipipi. Cierra los ojos. Esto es un sueño. Los va a abrir y verá el agua del mar.

Abre los ojos justo en el momento que Toby, su pastor alemán, le da los buenos días con un lametón en la cara. Mientras se seca la cara con la mano, coge aire y se levanta. Un nuevo y duro día le espera. Al poner los pies en el suelo nota el tacto áspero de la arena.