La luna

La luna

—Te lo dije.

—Ya lo sé.

—Y no me hiciste caso.

—No quería creer en tus palabras.

—Claro, porque preferías hacer caso a las soñadoras estrellas. ¿Algún día aprenderás?

—Luna, vale ya. Entiendo que ahora estés en tu máximo esplendor y tengas ganas de hablar. Pero yo no. La ilusión se acabó cuando te hiciste grande. Y ahora sólo me queda encontrar el camino a la sonrisa.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—¡Y yo qué sé! ¿Puedes callarte, por favor?

—No. Esta noche estoy llena, me siento grande y poderosa, muevo las mareas y no voy a parar hasta que reconozcas tu error.

—No cometí ningún error.

—Mal empezamos...

María cierra los ojos con fuerza. Tumbada sobre la cama, mirando al cielo a través de la ventana, siente que se está volviendo loca. ¡Está hablando con la luna! Estrellita, su gata, ronronea gracias a las caricias distraídas de su dueña.

—Él no te quería lo suficiente.

—Luna, aquí nadie ha hablado de amor. Sólo ha habido ilusión. Nada más. Una bonita ilusión que empezó cuando estabas en cuarto creciente y que acabó cuando estabas casi llena. Fue una pena conocerle a final del verano.

—No es así, le conociste el primer día del campamento, pero no te fijaste en él hasta la última semana. ¿Lo recuerdas?

—Sí, claro que lo recuerdo. —dice cayendo en un profundo sueño, reviviendo su historia, escuchándola como si un narrador la contara.

María mira fijamente a la luna. Está en cuatro creciente. Recuerda que hace años le dijeron que era mentirosa, porque cuando tenía forma de "C" era porque estaba menguante. Mantiene una muda conversación con el astro. "Cuando esté llena, tu ilusión habrá acabado", le dice. A María le cuesta aceptarlo. No quiere que acabe.

—¡Vamos a bailar! —Roberto la coge del brazo sacándola del banco y de sus pensamientos.

  Ella se resiste un poco, aunque sabe que no le va a servir para nada. Le conoce desde que empezó el campamento de verano y sabe que cuando quiere algo, lo consigue.

A sus 17 años es una adolescente guapa y soñadora. Le encantaría encontrar a su príncipe azul y vivir una de esas historias de amor de los libros que le gusta leer. Es algo tímida y por eso sus padres la han apuntado a un campamento de trabajo.

Llevan una semana rehabilitando una iglesia. Tienen jornada de 8 a 15 y por la tarde hacen talleres y reciben información sobre la historia del pequeño pueblo de la sierra turolense en la que se encuentran. Duermen en tiendas de campaña situadas en una gran explanada.

Roberto ha conseguido sacarla a bailar. Se fijó en ella desde el primer día. Lo primero que le llamó la atención fue su mirada tímida. Observaba a cada persona que bajaba del autobús. Se la veía con ganas de relacionarse con la gente, pero no se atrevía. Gracias a que él era uno de los mayores del grupo, pudo ayudar a organizar las diferentes actividades. Hacía todo lo posible por tenerla cerca. Al principio María no se fijaba en él, esas cosas se notan, pero estaba decidido a que lo hiciera.

Mientras suena la música siente como sus corazones laten a la par. "Cuando yo esté llena, se acabará la ilusión", repite el astro. María ignora la voz de la luna. Está disfrutando del bailarín que tiene delante y piensa hacerlo incluso cuando se acabe el campamento. A las once de la noche, la música se apaga. Deben irse a dormir porque al día siguiente hay que trabajar.

La semana pasa entre besos furtivos y miradas cómplices. Se nota que hay química entre ellos. Son dos adolescentes viviendo intensamente una ilusión que recordarán por el resto de sus vidas. El tiempo es caprichoso y cuando más están disfrutando, llega el último día del campamento.

Ese día hacen una gran hoguera.  Están toda la tarde cortando pan y preparando la carne para asarla al calor de las brasas. Al olor de la madera quemada se une el sonido de la música que de nuevo les acompaña. Hay varias parejas entre los adolescentes y no se molestan en disimular. Roberto y María se besan con los labios y con la mirada. Como queriendo recordar cada centímetro del rostro que tienen delante. La noche cada vez es más oscura y cuando el cansancio acumulado empieza a hacer mella, se sientan en un rincón. Lejos de miradas indiscretas. Ella toma la palabra.

—¿Bajarás algún día a verme?

Él mira al suelo.

—Lo siento, no podré hacerlo. No hay nada que me gustaría más, pero son muchos los kilómetros que nos separan. Yo vivo en Teruel y tú...

—Lo sé, sé dónde vivo. Entonces, ¿esto se acaba aquí? —Ella lucha contra el nudo que le oprime la garganta. —No me lo puedo creer, pensé que significaba algo más para ti.

—Significas mucho, pero intento ser realista. Vivimos muy lejos el uno del otro, mi coche no aguantaría un viaje tan largo, por no hablar del dineral que cuesta la gasolina. Además, tú tampoco tienes trabajo y ni tus padres ni los míos tienen mucho dinero. Pero podemos seguir hablando —Su voz suena esperanzada. —Tienes mi número. Yo puedo llamarte todos los días e incluso vernos. Ahora hay muchas aplicaciones para hacer videollamadas por internet.

—¿Y alimentar esta ilusión sabiendo que no voy a poder besarte? ¿Esperar un año a que los astros se alineen y poder volver a coincidir? No. No me veo capaz. Prefiero dejar esta ilusión aquí. —Se inclina y le da un beso.

La luna les mira desde lo alto. La joven es una cabezona que no quiso hacerle caso y ahora paga las consecuencias a modo de lágrimas que oculta gracias a la noche. Mañana hablará con ella. Debe aprender a hacerle caso, porque se lo dice por su bien. Tiene ya unos cuantos años y de ilusiones y amores imposibles sabe mucho. Ha vivido muchas historias a través de las personas que la han mirado fijamente pidiéndole consejo.

Son las tres de la mañana cuando Luna acaricia con su luz la mejilla de María. La pequeña Estrellita abre los ojos y permanece alerta, velando el sueño de su dueña. Un escalofrío recorre el cuerpo de la joven. Se ha dejado la ventana abierta. Despacio se levanta y la cierra. Antes de volver a la cama, la mira.

—Gracias por tus sabios consejos. La próxima vez intentaré hacerte caso.