Verano eterno

 

Verano eterno

—Te he dicho que no.

—Pero... ¿Por qué?

—Porque yo lo digo, vamos a casa de tu abuelo y eres muy joven para dormir con ella.

—Papá, hablaré yo con el abuelo. Ya tengo 15 años y no vamos a dormir juntos. Hay muchas habitaciones. Por favor, deja que Luisa se venga unos días al pueblo. No quiero estar dos meses sin verla. Mamá la conoce desde que íbamos a infantil. Por favor.

—No. Y ahora, haz la maleta, salimos dentro de una hora.

Juan mira a su padre. Le odia. No sabe nada del amor, es un insensible. La rabia da paso a la tristeza. Sabe la cara que pondrá su novia cuando se lo diga. Llevan juntos desde principios de curso y estar dos meses con sus 62 días sin verse va a ser muy duro. Casualmente julio y agosto son de esos meses de 31 días. "El año que viene me la llevo al pueblo y me da igual lo que diga él. Convenceré al abuelo. O mejor aún, me quedaré en Madrid. Ya seré más mayor y no me podrá decir nada", piensa el adolescente mientras mete de mala gana la ropa en una pequeña maleta.

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—Mamá, le voy a echar tanto de menos. —Luisa abraza a su madre. Acaba de recibir un mensaje de él.

—Lo sé, cariño. Pero dos meses pasan volando, ya lo verás.

—Su padre es un borde. Como le vea algún día en el instituto le diré...

—No le dirás nada. Tienes que aprender a respetar las decisiones de los demás. Salamanca está muy lejos y no tengo claro que tu padre y yo te hubiéramos dejado ir. Así que ahora, sécate las lágrimas y vete a jugar un rato con tu hermano, que lleva ya un rato llamándote.

Obedece de mala gana. Lo que menos le apetece en ese momento es jugar a los coches con un pequeño de apenas 5 años. La cara de ilusión de Nicolás y su sonrisa, le hace olvidar que ahora Juan estará de camino a un pequeño pueblo.

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Los días pasan lentamente. La joven pareja intenta disfrutar en la medida de lo posible. Los amigos de él le sacan de casa para llevarlo a la piscina o a las fiestas de algún pueblo cercano. Una chica del grupo le mira de forma diferente que las demás. María es la hermana pequeña de uno de la cuadrilla y es el primer año que va con ellos. Juan ignora las miradas. La dueña de su corazón es la chica a la que escribe todas las noches. Está deseando ver la cara que pone cuando le entregue todas las hojas. No le gusta leer, así que lo hará él. Se irán a su banco en un parque que hay cerca del instituto y le dirá en voz alta lo que su corazón escribió durante 62 días.

La madre de Luisa la ha apuntado a una academia de dibujo. Todas las mañanas dedica varias horas a su afición favorita. Se le da muy bien y le ayuda a no pensar en la distancia que la separa del dueño de los corazones que a veces dibuja sin pensar. Por las tardes intenta enseñar a su hermano a nadar. Es un niño miedoso, pero poco a poco está consiguiendo que se anime. Tiene la esperanza de convertirle en un gran nadador antes de que la hoja del mes de agosto caiga del calendario.

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—¡Cariño! Mañana nos vemos. Qué ganas tengo de abrazar a mi princesa.

—Y yo a ti, mi amor. Ha sido el verano más largo de mi vida. Llámame cuando lleguéis a Madrid, así me quedo tranquila. Y mañana a las ocho te veo en la puerta del instituto. Tengo una sorpresa. Te va a encantar.

—Seguro que sí, mi vida. Pero tú me encantas más. Bueno, te dejo, que mi padre ya está metiendo prisa. Un besazo.

—Otro para ti, cariño.

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—¿Luisa?

—Sí, soy yo....

—Soy el padre de Juan. Hemos tenido un accidente. Y... ha fallecido —La voz al otro lado de la línea se quiebra.

 —Es una broma. Lo sé. Él no puede estar muerto.

El padre de la joven coge el teléfono al oír a su hija. Tras una breve conversación se despide. Respira hondo y la mira a los ojos. Cariño, vete a la cama. Mañana será un día muy largo.

Una pareja entra con su hija adolescente en la sala 7 del tanatorio. La joven pone una temblorosa mano sobre el cristal. Al otro lado solo hay un féretro cerrado. El silencio de la pequeña habitación se rompe con el llanto de unos padres desconsolados. Luisa deja unas hojas al lado de las coronas de flores que hay apoyadas sobre el cristal. Son los dibujos que ha hecho durante el verano en sus clases.

Nota una mano en el hombro. Se gira y el padre de Juan la abraza en silencio. Minutos después ya puede hablar.

—Toma, las cartas que te escribió. Todas las noches antes de cenar, te escribía una. —Hace una pausa. —Una cosa más. Sus últimas palabras fueron: "mamá, dile que la querré siempre".

Querido diario

 

Querido diario: Hoy mi día ha sido normal y corriente. Trabajar, tomar una cerveza con Alberto y mientras la lavadora trabaja, hacer la cena. Un sándwich con todo. Y cuando digo con todo, es con todo. Tomate, lechuga, huevo cocido, mayonesa, jamón de york, de pavo y serrano, queso con forma de triángulo y de sábana, pepinillos, hasta media cebolleta roja y un filete de pollo que tenía por la nevera. Me siento en la silla alta de la cocina, abro la boca como si fuera a competir con el león de la Metro y justo en ese momento, llaman por teléfono. Le he dado un gran mordisco al aire. ¿A que no sabes quién era? ¡Premio! Mi amiga Elena.

Villa Condado

 

Cuenta la leyenda que había un gato justiciero. El animal vivía en una pequeña aldea rodeada de montañas y muy lejana a cualquier otro lugar habitado.

Una pequeña heroína

 

María mira fijamente el techo. No se puede dormir. Sus padres se han ido a cenar y la han dejado sola en casa. Es la primera vez que lo hacen y está asustada. Le han dicho que no se mueva de la cama pase lo que pase y que no abra la puerta a nadie.

Domingo en el río

 

Un cuerpo flota río abajo. Le sigue la cabeza. Una pareja mira la escena desde la orilla. Javier y María han ido a pasar el día a un río cercano a su ciudad aprovechando las altas temperaturas. La escena les deja petrificados, sin saber reaccionar.

Laura

 

Laura se tira en el sofá. Está agotada física y mentalmente. No puede más. Siente que la vida le queda grande, a cada paso que da, más se hunde. Es como andar sobre arenas movedizas. Cuando está quieta, siempre hay algo o alguien que le hunde un poco más en ese barro imaginario. Sabe que tiene que luchar para salir adelante, pero le cuesta un montón. Le cuesta sonreír. Le cuesta levantarse de la cama. Le cuesta llevarse un trozo de comida a la boca.