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  Tribuna Digital Miguel Martínez Tomey
22/11/2007
1707 o la “desmemoria” histórica de Aragón
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En estos tiempos de recuperación de memorias históricas (pero no de todas, por favor), me gusta evocar la máxima de que el pueblo que no conoce su propia Historia está condenado a repetirla. Evidentemente, la Historia no se repite, pero a menudo tiende a trazar paralelismos, a modo de espiral, en los que identificamos tendencias y situaciones que evocan o reproducen en alguna medida vivencias ya experimentadas. Comprender esta dinámica del comportamiento humano a través de los tiempos nos ayuda a interpretar con mejor criterio nuestra realidad actual y a tomar las riendas de hacia dónde queremos encaminar nuestro futuro.

No me resisto a reproducir unas palabras de José María Pedreño Gómez, presidente de la Federación Estatal de Foros por la Memoria, en la que –en el marco del III Congreso Internacional Historia a Debate (julio de 2004) reflexionaba sobre esta afirmación: "...deberíamos matizarla añadiendo que "el pueblo que no conoce su historia no comprende su presente y, por lo tanto, no lo domina, por lo que son otros los que lo hacen por él". Ese dominio se manifiesta en lo ideológico-cultural, en lo económico y en lo político. El desconocimiento provoca falta de comprensión sobre los procesos históricos que han dado como resultado nuestro presente, generando un profundo déficit democrático que se sustancia día a día en una sociedad despolitizada y poco participativa. Vivimos una democracia de bajo nivel y una de las causas es que está asentada sobre la desmemoria. Estamos construyendo nuestra historia como pueblo no con nuestro guión, sino con el de los que promovieron (y promueven) el olvido. No somos, realmente, dueños de nuestro presente, porque sólo conocemos nuestro pasado vagamente.”

Esta opinión se corresponde perfectamente con el vacío de actos conmemorativos y de reflexión sobre la Guerra de Sucesión en Aragón en el año en el que se cumple el 300 aniversario de la derogación de nuestros fueros y de nuestra existencia como Estado (por los llamados “Decretos de Nueva Planta” de 1707). En los días que nos han tocado vivir, la Historia de Aragón, tan fecundamente evocada y estudiada durante los aproximadamente 15 primeros años de régimen democrático, ha pasado a ser una materia excesivamente incómoda para nuestros poderes públicos como para reconocer en ella una herramienta intelectual susceptible de mejorar la capacidad de desarrollar criterio y perspectiva del pueblo aragonés.

Son precisamente quienes detentan la responsabilidad de trasladar su adecuado conocimiento al currículum educativo aragonés los más reacios a enseñarla y a suscitar el debate y la opinión que su interpretación debería generar en una sociedad que, se supone, considera la capacidad crítica como uno de sus activos más preciados para la vida en democracia. El grado de alejamiento de nuestros líderes de estas inquietudes es tal que, bajando al nivel de lo anecdótico, no extraña que el presidente de la Diputación General de Aragón fuese incapaz de reconocer a Felipe V en el retrato que presidió en 2006 el discurso institucional del Día de Aragón en Madrid. A la ignorancia iconográfica (que compartió con su servicio de protocolo), el presidente añadió la ignorancia de la carga simbólica que para su propio pueblo puede llegar a suponer este hecho.

Frente a este ignominiosa política de desmemoria, ignorancia y dóciles encefalogramas planos de los que se nutren las lealtades ciegas, otros creemos que la Historia, hoy como siempre, sirve para mucho más que para dar “ambiente” a los argumentos literarios del género –hoy tan en boga- de la novela histórica. El conocimiento de la propia Historia y la reflexión sobre la misma aporta las referencias que ayudan a ubicarse en el mundo a los colectivos humanos que tengan una mínima vocación de contribuir en algo a su propia libertad y progreso y al del resto de la Humanidad.

Esa sabiduria es precisamente la que hace a los pueblos conscientes de sus grandezas y miserias, reafirmando la autoestima de las personas en la conformación de su sentido cívico, al tiempo que destierran el abominable orgullo irracional de los nacionalismos excluyentes. Reivindiquemos, pues, la Historia como uno más de los muchos ingredientes intelectuales de todo discurso político, frente a su desprestigio, su olvido calculado o la manipulación sesgada que otros ejercen de la comprensión de nuestra realidad.

* Miembro del Consello Nazional de Chunta Aragonesista
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