Lo que ha vuelto a pasar estas últimas elecciones con el tema del censo en distintos municipios de Huesca parece que ya ha quedado olvidado. Parece como si la cuestión sólo tuviera trascendencia en tanto se pueda usar como arma arrojadiza en campaña electoral. A mi juicio la cuestión no es, en absoluto, baladí. El asunto ataca al núcleo duro de la democracia.
La legitimidad de los resultados electorales no la da, en exclusiva, el recuento de los votos. Eso sería tanto como legitimar las consultas franquistas. La legitimidad de los elegidos en un proceso democrático la otorga, sí, la mayoría de los votos; pero sólo si previamente se ha dado un proceso electoral con las suficientes garantías legales de igualdad y limpieza.
Por desgracia no es la primera vez que sobre la legitimidad del proceso caen las sombras de la duda en muchos municipios oscenses. Casos como los de Yésero, Fanlo, Laspuña y el tristemente celebre de Fago, nos obligan a reflexionar sobre la verdadera vigencia de la democracia en muchos puntos de la provincia de Huesca. De nada han servido las resoluciones de la Oficina Provincial del Censo para que algunos ayuntamientos eliminaran las irregularidades detectadas.
Sirva como ejemplo el Ayuntamiento de Fanlo: Los votos emitidos por correo fueron de personas en la inmensa mayoría desconocidas en el valle; en muchos casos domiciliados en núcleos urbanos deshabitados y que representan más del 70% del censo. El 95% de esos votos por correo ha ido a la fuerza política que gobernaba: El PAR.
Lo triste del caso es que la ley posibilita la corrección de los resultados electorales cuando hay argumentos jurídicos o administrativos para ello pero los partidos que señalaron la mancha se olvidan de ejercer lo que debería ser una obligación democrática coherente con sus denuncias: La impugnación.
Esa pasividad de los partidos políticos denunciantes puede en justicia interpretarse como pura utilización del cuerpo electoral por intereses partidistas. Al final, nada importa que la democracia, de la que tanto presume occidente, quede manchada. Nadie se para a pensar que la democracia no permite los compartimientos estancos, que un reiterado déficit democrático en Fanlo (Sobrarbe), por ejemplo, se extiende a todo el Estado y pone bajo sospecha a todo el sistema. La democracia en nuestro país no adquiere carta de naturaleza porque el proceso electoral sea más o menos limpio en Madrid o en Zaragoza sino porque la limpieza democrática sea real hasta en el menos importante de los colegios electorales.
Lamentablemente, en Sobrarbe y, por ende, en todo el Estado, la mancha de la duda también planeará sobre estas elecciones. |